Lupita asintió secándose las lágrimas. Hay un pequeño jardín detrás del edificio. Podríamos enterrarlo allí bajo la flor de nochebuena que planté el año pasado. Miguel buscó una pequeña caja, la forró con una tela suave y colocaron en ella a Milagrito envuelto en su mantita azul. Lupita puso también una pequeña flor que había en un vaso en la mesa. A las 10 de la mañana bajaron al jardín comunitario del edificio mirador. Era un espacio pequeño y descuidado, pero había algunas plantas y flores.
La lluvia había parado, dejando el aire fresco y húmedo. Miguel cabó un pequeño hoyo bajo la planta de Nochebuena que mostraba sus hojas rojas brillantes incluso en esta época del año. Lupita sostenía la caja susurrando palabras suaves a milagrito. “Fuiste muy valiente, chiquito”, decía. “Luchaste mucho. Ahora puedes descansar.” Colocaron la caja en el hoyo y Miguel comenzó a cubrirla con tierra. Mientras lo hacían, notaron que alguien los observaba. La señora Rosario estaba en la ventana de su apartamento mirando la escena.
Por primera vez, su expresión no era de molestia, sino de tristeza. Asintió ligeramente hacia ellos como un gesto de respeto. De vuelta en el apartamento, Lupita revisó a los otros cinco cachorros. Estaban bien moviéndose y haciendo pequeños ruidos. Al menos ellos están sanos”, dijo con voz cansada. Miguel se sentó pesadamente en el sofá, sintiéndose exhausto emocionalmente. “Hicimos lo correcto, Lupita”, preguntó finalmente al traerlos aquí. “Tal vez si los hubiéramos llevado directamente a un refugio.” “No, interrumpió Lupita firmemente.
Los refugios están llenos. Lo más probable es que hubieran sacrificado a Canela y a los cachorros. Al menos aquí, Milagrito tuvo una oportunidad. Tuvo calor, comida y cariño durante sus días. Canela se acercó y puso su cabeza en la rodilla de Lupita como consolándola. Lupita acarició su pelaje suavemente. Es una madre increíble, dijo Lupita. Sabía que Milagrito estaba mal desde el principio, pero nunca lo abandonó. A mediodía, cuando el timbre sonó, Miguel abrió la puerta para encontrar al doctor Vega con su maletín negro y una expresión preocupada.
“Llegué lo más pronto que pude”, dijo el doctor. “¿Cómo está el pequeño?” Miguel negó con la cabeza. “No lo logró, doctor. Murió hace unas 3 horas.” La expresión del doctor Vega se entristeció. Lo siento mucho. Temía que esto pudiera pasar. Era el más débil de la camada y a veces, por más que hagamos, lo entendemos, dijo Miguel. Hicimos todo lo posible. Estoy seguro de que sí”, respondió el doctor entrando al apartamento. “Si me permiten, me gustaría revisar a los otros cachorros y a Canela para asegurarme de que están bien.” Mientras el doctor Vega examinaba a los demás perros, Lupita preparó un poco de café.
Sus ojos estaban rojos e hinchados, pero ya no lloraba. “Todos los demás están en buen estado”, anunció el doctor después de terminar su revisión. Canela se está recuperando muy bien de sus heridas y los otros cinco cachorros están desarrollándose normalmente. Eso es un consuelo dijo Lupita. No se culpen por lo de Milagrito, dijo el doctor Vega amablemente. En la naturaleza no todos los cachorros sobreviven. El hecho de que los otros cinco estén también habla muy bien de los cuidados que les han dado.
Después de que el doctor se fue, Miguel y Lupita se sentaron juntos en el sofá, observando a Canela amamantar a sus cinco cachorros restantes. Había un espacio vacío donde solía estar milagrito y Canela a veces miraba ese espacio como buscándolo. Nunca pensé que me sentiría tan triste por un perrito que apenas conocía”, dijo Miguel en voz baja. Lupita tomó su mano. Se ganó nuestro cariño en poco tiempo. Era especial. Se quedaron en silencio un momento, cada uno perdido en sus pensamientos.
Finalmente, Miguel habló. No sé qué vamos a hacer con el ultimátum de don Ernesto, ni con el dinero, ni con todo lo demás, pero ahora mismo solo quiero asegurarme de que estos cinco cachorros y canela estén bien. Lupita asintió. Un día a la vez, Miguel. Hoy honramos a Milagrito, mañana pensaremos en el resto. En ese momento, alguien tocó suavemente a la puerta. Miguel se levantó para abrir, esperando tal vez al doctor Vega que había olvidado algo. Pero quien estaba allí era la señora Rosario con una pequeña maceta en las manos.
“Vi lo que pasó en el jardín”, dijo con voz suave. Quería darles esto. Es una planta de siempre viva. Pueden ponerla junto a donde enterraron al cachorro. Lupita se acercó a la puerta sorprendida por el gesto. Gracias, señora Rosario, dijo tomando la maceta. Es muy amable. Los perros también son familia”, dijo la mujer y luego añadió en voz más baja. “No me molestaré más por el ruido. Todos merecemos comprensión en los momentos difíciles.” Cuando la señora Rosario se fue, Miguel y Lupita se miraron encontrando un pequeño consuelo en este gesto inesperado de amabilidad.
La pequeña planta de siempre viva que la señora Rosario les había regalado, ahora decoraba el alfizar de la ventana del apartamento. Habían pasado tres días desde que enterraron a Milagrito. Miguel y Lupita seguían tristes, pero los cinco cachorros restantes demandaban toda su atención. Crecían rápido y comenzaban a hacer más ruido, especialmente durante las mañanas. Era sábado y Miguel estaba en casa. Aprovechaba para arreglar una fuga en el lavabo de la cocina mientras Lupita limpiaba la caja donde dormían Canela y los cachorros.
Están creciendo mucho, comentó Lupita sacando las toallas sucias. Pronto necesitarán más espacio. Miguel asintió sin levantar la vista de la tubería. Y más comida. El saco que compramos la semana pasada ya casi se termina. El timbre de la puerta sonó interrumpiéndolos. Lupita se limpió las manos y fue a abrir. Para su sorpresa, del otro lado estaba una niña de unos 10 años. Tenía el pelo negro peinado en dos trenzas largas y llevaba un vestido colorido con bordados de flores.
Buenos días, señora, saludó la niña educadamente. ¿Está su esposo? Buenos días, respondió Lupita confundida. Sí, está aquí. ¿Quién eres tú? Me llamo Sofía Quiñones, dijo la niña con una sonrisa. Don Ernesto es mi papá. Lupita sintió un nudo en el estómago al escuchar el apellido. La hija del casero estaba en su puerta, seguramente enviada por su padre para espiarlos. Miguel llamó Lupita. Es la hija de don Ernesto. Miguel apareció desde la cocina secándose las manos con un trapo.
Buenos días, Sofía. ¿Tu papá te mandó? Sofía negó con la cabeza. No, él está hablando con el señor Jiménez del apartamento 1a sobre una gotera. Escuché ruidos raros viniendo de su apartamento y quería saber qué era. En ese momento, como si los hubieran llamado, se escuchó un coro de pequeños ladridos desde dentro del apartamento. Los ojos de Sofía se iluminaron. “Son perritos”, exclamó con emoción. “Lo sabía.” La señora Rosario le dijo a mi papá que tenían perros, pero él no me dejó venir a verlos.
“¿Puedo pasar, por favor?” Miguel y Lupita intercambiaron miradas preocupadas. “No creo que a tu papá le guste que entres”, dijo Miguel. “Ya sabes que él no quiere animales en el edificio. Por favor”, insistió Sofía juntando sus manos en súplica. “No le diré nada, solo quiero verlos un ratito. Me encantan los perros. Mi mamá no me deja tener uno porque dice que es mucha responsabilidad. Había algo en la sinceridad de la niña que conmovió a Lupita. Está bien, puedes pasar, pero solo un momento, ¿de acuerdo?
Sofía entró emocionada al apartamento. Cuando vio a Canela y los cinco cachorros en su rincón, soltó una exclamación de alegría. Son hermosos, dijo acercándose despacio. ¿Cómo se llaman? La mamá es Canela, explicó Lupita. Los cachorros aún no tienen nombres. ¿Puedo tocarlos?”, preguntó Sofía ya arrodillándose cerca de la caja. Con cuidado, advirtió Miguel. Canela es muy protectora. Para sorpresa de ambos, Canela no mostró signos de desconfianza hacia Sofía. La perra observó a la niña con curiosidad mientras esta se sentaba en el suelo a una distancia respetuosa.
“Hola, Canela”, dijo Sofía con voz suave. “Eres muy bonita. Canela movió ligeramente la cola, algo que rara vez hacía con extraños. “Parece que le agradas”, comentó Lupita sorprendida. “Normalmente es muy cautelosa con las personas nuevas. Los cachorros, más curiosos que su madre, comenzaron a acercarse a Sofía. Uno de ellos de color café claro con manchas blancas fue el primero en olfatear la mano de la niña. Este es muy valiente, dijo Sofía sonriendo. Se parece a su mamá.
Podría llamarse Canelo. Es un buen nombre. Aprobó Lupita sentándose junto a Sofía. ¿Quieres ponerles nombres a todos? Los ojos de la niña brillaron con entusiasmo. Sí. A este que es casi blanco le pondré nube porque es suavecita como una nube. El cachorro más pequeño de los cinco, completamente blanco, excepto por una mancha café en una oreja, se escondió detrás de sus hermanos. Este es tímido continuó Sofía. Y a este con manchas negras y blancas le pondré pinto porque parece pintado.
Miguel observaba desde la cocina sorprendido por cómo la niña había conectado con los perros tan rápidamente. Canela parecía completamente relajada, algo raro con visitantes. Y este que no deja de moverse será Coco porque es juguetón, decidió Sofía mientras el cachorro más activo mordisqueaba sus cordones. Y la última, la de color café oscuro que está tranquila, se llamará Luna, porque tiene una manchita blanca que parece una luna. Son nombres perfectos, dijo Lupita. Ahora todos tienen su personalidad. Sofía pasó la siguiente hora jugando con los cachorros, les hizo pequeñas pelotas con papel y les enseñó a seguir su dedo.