La sonrisa de su madre no era de alegría…
era de ausencia.
Ricardo se quedó de pie, sin saber si avanzar o salir corriendo.
El corazón le latía tan fuerte que sentía que en cualquier momento lo iba a traicionar.
—¿Rosita? —repitió ella, extendiendo la mano temblorosa—. Ven, hija… siéntate… te hice falta…
Esa palabra lo atravesó.
Hija.
No era él.
No lo veía.
No lo reconocía.
Ricardo dio un paso adelante.
—Mamá… soy yo… Ricardo…
Doña Carmen lo miró fijamente unos segundos.
Como si intentara enfocar una imagen borrosa.
Pero luego negó suavemente con la cabeza.
—No, no… Ricardo se fue… —murmuró—. Él prometió volver… pero no volvió…
Cada palabra era un golpe seco.
Ricardo sintió cómo algo se quebraba por dentro.
—Yo… estoy aquí…
Pero su voz no tenía fuerza.
Porque en el fondo sabía que ella tenía razón.
Él no había vuelto.
Nunca.
Un sonido detrás lo hizo girar.
El anciano estaba despierto.
Lo miraba.
Fijo.
Sin parpadear.
Y en esa mirada no había confusión.
Había reconocimiento.
Y algo peor.
Había rechazo.
—¿Qué haces aquí? —dijo Don Aurelio con voz áspera.
Ricardo tragó saliva.
—Papá…
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito.
Don Aurelio se incorporó lentamente, apoyándose en el catre.
Sus manos —esas manos que Ricardo nunca pudo olvidar— temblaban, pero no de debilidad.
De contención.
—No me llames así —escupió—. Ese hombre murió hace muchos años.
Ricardo sintió un vacío en el estómago.
—Yo… no sabía que estaban aquí… yo pensé que…
—¿Que qué? —lo interrumpió—. ¿Que nos habíamos muerto?
¿Que alguien más se iba a hacer cargo?
¿O que simplemente ya no existíamos para ti?
Cada pregunta era un juicio.
Y Ricardo no tenía defensa.
—Mandé dinero… al principio… llamaba…
—Sí —asintió Don Aurelio—. Al principio.
Ese “al principio” pesaba más que todo lo demás.
—Luego te volviste importante —continuó—. Muy ocupado. Muy lejos. Muy… cómodo.
Ricardo bajó la mirada.
No podía sostenerle los ojos.
—Pasaron semanas sin llamadas —siguió el anciano—. Luego meses.
Después años.
Hizo una pausa.
—Tu madre esperaba cada domingo.
Se sentaba ahí —señaló una esquina— y se quedaba mirando la puerta.
Ricardo cerró los ojos.
—Decía: “Hoy sí va a llamar”.
Su voz se quebró apenas… pero se recompuso.
—Y tú nunca llamaste.
El silencio llenó la habitación.
Pesado. Denso. Irrespirable.
—Vendimos las gallinas —continuó—. Luego las herramientas.
Después… la casa.
Ricardo levantó la mirada, sorprendido.
—Nos fuimos al pueblo. Pensé que ahí sería más fácil… que alguien nos ayudaría.
Soltó una risa seca.
—Pero nadie ayuda cuando ya no tienes nada que ofrecer.
Ricardo sintió un nudo en la garganta.
—Intenté buscarte —dijo de pronto el anciano—. Fui hasta la ciudad una vez.
Pregunté por ti.
Lo miró directo.
—Nadie sabía quién eras.
Esa frase le dolió más que todo.
Había construido un imperio…
y para su padre… no existía.
—Volvimos aquí porque no quedaba otra —terminó—.
Y aquí nos quedamos.
Ricardo no sabía qué decir.
No había palabras que arreglaran eso.
Ninguna.
—Consuelo… —murmuró finalmente— ella los ha estado cuidando…
El rostro del anciano cambió apenas.