Podríamos buscar un lugar que acepte mascotas”, sugirió Lupita sin mucha convicción. Miguel negó con la cabeza. ¿Con qué dinero, Lupita? Acabo de recibir malas noticias. El camión necesita una pieza nueva que cuesta 5000 pesos. Tuve que pedir un préstamo a Raúl. Apenas tendremos para pagar las cuentas este mes. Se quedaron en silencio, solo interrumpido por los pequeños ruidos de los cachorros. Llamé a tres refugios de animales”, dijo finalmente Lupita. Están todos llenos. No aceptan más perros, especialmente cachorros tan pequeños que necesitan cuidados especiales.
Miguel se frotó la cara con las manos. No puedo creer que todo esté saliendo tan mal. El camión ahora, don Ernesto, parece que todo está en nuestra contra. Canela se acercó lentamente a Miguel y puso su cabeza sobre su rodilla como si entendiera su preocupación. Sus ojos marrones miraban al hombre con lo que parecía gratitud. “Mírala”, dijo Lupita. “Parece que entiende todo lo que decimos.” Miguel acarició suavemente la cabeza de Canela. La perra se veía mucho mejor que cuando la encontró.
Su pelaje comenzaba a brillar. Sus heridas estaban sanando y ya no tenía esa mirada de miedo constante. No podemos abandonar la Lupita, ni a ella ni a sus cachorros, después de todo lo que ha pasado, todo lo que ha luchado para mantenerlos vivos. Entonces, ¿qué hacemos? Preguntó Lupita. Miguel respiró profundamente. No lo sé, pero encontraremos una solución. Tal vez podría hablar con don Ernesto hombre a hombre o buscar algún amigo que pueda cuidarlos temporalmente. En ese momento, Milagrito comenzó a llorar débilmente.
Era hora de su alimento especial. Lupita se levantó para preparar la jeringa. “Al menos están todos mejorando”, dijo mientras calentaba la leche especial. El doctor Vega dijo que Canela está respondiendo muy bien al tratamiento y hasta Milagrito ha ganado peso. Miguel observó a su esposa cuidar del cachorro más pequeño con tanta dedicación. A pesar de todos los problemas, Lupita mantenía la esperanza. Siempre había sido así, fuerte cuando él se sentía débil. “Mañana es sábado”, dijo Miguel. “No tengo que trabajar.
Podemos pensar juntos qué hacer. Esa noche, mientras Lupita dormía, Miguel se quedó despierto mirando al techo. Los problemas se acumulaban. El préstamo para arreglar el camión, el ultimátum de don Ernesto, los gastos crecientes de los perros. Sentía que estaban atrapados en un callejón sin salida. Desde la sala escuchó un pequeño gemido. Se levantó sin hacer ruido y encontró a Canela despierta vigilando a sus cachorros. La perra lo miró como preguntando si todo estaría bien. “No te preocupes”, susurró Miguel agachándose para acariciarla.
No voy a dejar que nada malo les pase, te lo prometo. Pero mientras regresaba a la cama, Miguel se preguntaba cómo podría cumplir esa promesa. El sábado por la mañana amaneció con una llovisna fría poco común en Ciudad Juárez. Miguel se despertó temprano y fue a la cocina para preparar café. Mientras el agua hervía, se acercó a revisar a Canela y sus cachorros. La perra levantó la cabeza al verlo y Miguel notó algo extraño. Canela parecía inquieta, moviendo suavemente a Milagrito con su nariz.
Miguel se agachó para ver mejor y sintió un nudo en el estómago. El cachorro más pequeño apenas se movía. Los otros cinco estaban activos, buscando a su madre para alimentarse. Pero Milagrito estaba quieto, respirando con dificultad. Lupita llamó Miguel regresando rápidamente al dormitorio. Creo que milagrito está mal. Lupita se levantó de un salto aún en pijama y corrió a la sala. Tomó al pequeño cachorro entre sus manos. Estaba frío y su respiración era débil e irregular. “Oh, no, Miguel está muy mal”, dijo con voz temblorosa.
“Tenemos que hacer algo.” Miguel miró el reloj. Apenas eran las 6 de la mañana. La clínica no abre hasta las 8, dijo preocupado. ¿Crees que aguante hasta entonces? Lupita examinó al cachorro con cuidado. A diferencia de sus hermanos, Milagrito no había ganado mucho peso. Su cuerpo era frágil y ahora estaba más frío de lo normal. No podemos esperar, decidió Lupita. Tenemos que intentar calentarlo y darle su alimento especial. Prepara agua tibia, no caliente en un recipiente. Mientras Miguel buscaba un recipiente adecuado, Lupita envolvió a Milagrito en una mantita azul y lo acercó a su pecho para darle calor.
El cachorro soltó un gemido débil. “Ya, mi chiquito, ya!”, le susurraba Lupita. Vas a estar bien. Miguel regresó con un recipiente con agua tibia. Lupita colocó al cachorro envuelto cerca del recipiente utilizando el vapor para calentarlo suavemente. Tenemos que darle su medicina y el suplemento, dijo Lupita. Está en la repisa de la cocina. Miguel trajo el suplemento lácteo especial y la pequeña jeringa sin aguja. Con mucho cuidado, Lupita intentó alimentar a Milagrito, pero el cachorro apenas podía tragar.
Vamos, milagrito, solo un poquito”, rogaba ella mientras una lágrima rodaba por su mejilla. Canela se acercó nerviosa, olfateaba a su bebé y soltaba pequeños gemidos como si entendiera que algo no estaba bien. “Debemos llamar al doctor Vega”, dijo Miguel tomando su teléfono. Marcó el número de la clínica, pero como era temprano, solo respondió una máquina que daba el horario de atención. Miguel dejó un mensaje urgente y luego buscó otro número. “Tengo el número personal del doctor”, recordó Lupita.
Me lo dio por si había una emergencia con milagrito. Miguel marcó el número. Después de varios tonos respondió una voz adormilada. “Diga, Dr. Vega, soy Miguel Ángeles. Disculpe la hora, pero el cachorro más pequeño, milagrito, está muy mal. No respira bien y casi no puede tragar. ¿Tiene fiebre? Preguntó el doctor sonando más despierto. No lo sé. Está frío. Eso no es buena señal, dijo el doctor con tono preocupado. Están intentando calentarlo, supongo. Sí, con agua tibia y una manta.
Bien, sigan así. Intenten darle el suplemento gota por gota con mucho cuidado. Iré a verlos lo más pronto posible, pero tengo una emergencia en la clínica a las 7. Podría llegar a su casa alrededor de las 9. ¿Cree que aguantará hasta entonces?, preguntó Miguel. Hubo un breve silencio al otro lado de la línea. Hagan todo lo posible. Los cachorros tan pequeños pueden deteriorarse rápidamente, pero también pueden ser sorprendentemente resistentes. Después de colgar, Miguel miró a Lupita, quien seguía sosteniendo a Milagrito cerca de su pecho.
“Viene a las 9”, dijo Miguel. “Es mucho tiempo, susurró Lupita. No sé si no terminó la frase, no quería decir en voz alta lo que ambos temían. Durante las siguientes horas se turnaron para cuidar a Milagrito. Lupita le daba gotas de suplemento mientras Miguel mantenía el agua tibia. Canela no se apartaba observando cada movimiento con ojos ansiosos. A las 8 de la mañana, Milagrito parecía un poco mejor. Había tomado algunas gotas del suplemento y su cuerpo estaba más cálido.
“Creo que está mejorando”, dijo Miguel con esperanza. Lupita asintió, pero su expresión seguía preocupada. “Voy a preparar más café”, dijo Miguel. “Va a ser un día largo.” Mientras estaba en la cocina, escuchó un grito ahogado de Lupita. “Miguel, ven rápido.” Corrió de vuelta a la sala. Lupita sostenía a Milagrito, cuyos pequeños ojos, que nunca habían llegado a abrirse completamente, estaban cerrados. Su diminuto cuerpo se sacudía en espasmos. “Está convulsionando”, dijo Lupita con voz temblorosa. “No sé qué hacer.” Miguel tomó su teléfono para llamar al doctor de nuevo, pero los espasmos de milagrito se detuvieron tan abruptamente como habían comenzado.
El pequeño cuerpo quedó inmóvil. “Milagrito”, llamó Lupita suavemente, acariciando su cabecita. “Despierta, chiquito.” Pero el cachorro no respondió. Miguel se arrodilló junto a Lupita y tocó suavemente a Milagrito. No respiraba. Lupita”, comenzó Miguel sin saber qué decir. Lupita apretó al cachorro contra su pecho y comenzó a llorar. No eran lágrimas silenciosas, sino soyosos profundos que venían desde dentro. Miguel la abrazó sintiendo sus propios ojos humedecerse. Canela se acercó olfateando a su bebé inmóvil. Soltó un aullido suave, un sonido que Miguel nunca le había escuchado hacer.
La perra lami mió a Milagrito una vez como despidiéndose y luego regresó con sus otros cinco cachorros. No pudimos salvarlo, soyó Lupita. Lo intentamos tanto. Miguel la abrazó más fuerte. Hicimos todo lo que pudimos, Lupita. Le dimos amor hasta el último momento. No estuvo solo. Permanecieron así un largo rato abrazados con el pequeño cuerpo de milagrito entre ellos. La lluvia afuera se había intensificado golpeando contra las ventanas del apartamento. Finalmente, Miguel habló. Deberíamos deberíamos enterrarlo. No me parece bien simplemente tirarlo a la basura.