PARTE 2: Canela dio un paso atrás desconfiada. Sus ojos cansados miraban a Miguel con miedo. El camionero notó las heridas en sus patas, el polvo en su pelaje, lo flaca que estaba. "Debes tener mucha sed", dijo Miguel. "Espera un momento." Regresó rápido a su camión y sacó una botella de agua y un recipiente de plástico que usaba para su café. vertió agua en él y lo puso en el suelo a medio camino entre él y la perra. Canela miró el agua.
Estaba muy sedienta, pero no soltaba la cuerda de la caja. Vamos, toma un poco de agua. No me acercaré, prometió Miguel dando un paso atrás. Después de dudar unos segundos, Canela soltó la cuerda y se acercó al recipiente. Bebió desesperadamente, como si no hubiera tomado agua en días. Mientras bebía, Miguel aprovechó para acercarse lentamente a la caja. Estaba vieja y aplastada en las esquinas. Con mucho cuidado abrió una de las solapas. ¡Dios mío! Exclamó sorprendido. Dentro de la caja había seis cachorritos recién nacidos.
Eran muy pequeños, con los ojos cerrados. Se movían débilmente, buscando el calor de su madre. Canela terminó de beber y corrió hacia la caja, poniéndose entre Miguel y sus bebés con actitud protectora. "Tranquila, no les haré daño", dijo Miguel. "¿Los estabas llevando a algún lugar seguro?" La perra se quedó quieta, mirándolo fijamente. Miguel no sabía qué hacer. Si dejaba a la perra y sus cachorros allí, seguramente morirían por el calor o atropellados. No podía simplemente seguir su camino como si no los hubiera visto.
Sacó su teléfono y marcó el número de Lupita. Ahora, ¿qué, Miguel?, contestó ella, todavía molesta. Lupita, escúchame. Encontré algo en la carretera. Comenzó Miguel. Una perra está arrastrando una caja con seis cachorritos recién nacidos. ¿Qué? ¿Dónde estás? La voz de Lupita cambió completamente. A unos 20 km de Ciudad Juárez. La pobre está muy mal, flaca y con heridas en las patas. Los cachorros son muy pequeños, ni siquiera han abierto los ojos. Hubo un silencio al otro lado de la línea.