Y, por primera vez en mucho tiempo… sonrió de verdad.

—Muévelo otra vez, cariño.

Mateo se concentró.

Y esta vez… el movimiento fue más claro.

Un dedo.

Luego otro.

Las lágrimas rodaron por el rostro de Carmen.

—Dios mío…

Diego no podía hablar.

Veinte médicos.

Millones de euros.

Y un niño descalzo acababa de demostrar algo que nadie había logrado.

Lucas miró a Mateo con una sonrisa tranquila.

—¿Ves?

—Tus piernas solo estaban dormidas.

Mateo rió por primera vez en meses.

—Entonces… ¿pueden despertar?