Lucas asintió.
—Sí.
—Pero tendrás que practicar todos los días.
Carmen abrazó a su hijo.
Diego miró al pequeño con una mezcla de incredulidad y gratitud.
—Lucas… ¿dónde vives?
—En el barrio de abajo.
—Mi mamá limpia casas.
Diego respiró profundamente.
—A partir de hoy… ya no tendrán que preocuparse por eso.
Lucas negó con la cabeza.
—No vine por dinero.
—Vine porque vi que él estaba triste.
Mateo tomó su mano.
—¿Vendrás mañana?
Lucas sonrió.
—Claro.
Porque ese día, en la mansión más rica de La Moraleja, todos entendieron algo que el dinero jamás había podido comprar.
Que a veces…