Y, por primera vez en mucho tiempo… sonrió de verdad.

La habitación estaba en silencio absoluto.

Carmen observaba cada músculo de las piernas de su hijo.

Entonces ocurrió algo casi imperceptible.

El dedo gordo del pie derecho de Mateo… se movió.

Carmen se quedó sin aliento.

—Diego… —susurró.

Mateo abrió los ojos.

—¿Lo viste?

Lucas sonrió.

—Te dije que tu cuerpo solo lo había olvidado.

Diego se acercó rápidamente.

—¿Cómo hiciste eso?

Lucas se encogió de hombros.

—No hice nada.

—Solo le recordé.

Carmen ya estaba de rodillas frente a Mateo.