Pero desde la ventana, Mateo golpeó suavemente el vidrio.
—Papá… déjalo entrar.
Carmen dudó, pero algo en la forma en que el niño hablaba… no parecía arrogancia ni mentira.
Diego finalmente dijo:
—Déjenlo pasar.
Minutos después, el niño estaba dentro de la mansión.
Miraba todo con ojos enormes: los cuadros, las escaleras de mármol, los muebles elegantes.
Pero no parecía impresionado.
Solo caminó directo hacia Mateo.
—Hola —dijo.
Mateo sonrió.
—Hola.
—¿Cómo te llamas?
—Mateo. ¿Y tú?