Y, por primera vez en mucho tiempo… sonrió de verdad.

En ese momento, Diego apareció en el jardín. Había salido a atender una llamada y vio la escena.

—¿Qué pasa aquí?

—Un chiquillo del barrio, señor. Ya lo estamos echando.

El niño levantó la voz.

—¡No quiero nada de dinero! ¡Solo quiero ayudar!

Diego arqueó una ceja.

—¿Ayudar?

El pequeño asintió con convicción.

—Sí. Yo sé por qué él no puede caminar.

Los guardias soltaron una risa corta.