Valeria miró su reloj.
9:52.
Ya no tenía sentido ir.
En el Hospital Ángeles Roma no reprogramaban entrevistas.
Valeria se quedó inmóvil unos segundos mientras la ambulancia arrancaba rumbo al hospital privado en Polanco.
Había terminado.
Tres años de esfuerzo… y su oportunidad se había ido en menos de media hora.
Respiró hondo, se levantó del pavimento y abrazó a Sofía.
—¿Estás enojada conmigo, mami? —susurró la niña.
Valeria le sostuvo el rostro con ternura.
—No, mi amor. Nunca te enojes por hacer lo correcto. Hoy hicimos lo correcto.
Sofía asintió con seriedad, como si acabara de aprender algo importante.
Alejandro Salgado, que había observado todo sin intervenir, finalmente cruzó la calle.
—Disculpe.
Valeria se giró, algo alerta.
El hombre que tenía frente a ella vestía traje oscuro impecable, reloj de lujo, mirada firme pero contenida.
—Soy Alejandro Salgado. La señora es mi madre.
Valeria sintió un leve alivio.
—Ya está en la ambulancia. Se golpeó la cabeza, estaba desorientada.
—Lo vi —respondió él—. También vi que perdió algo importante por quedarse.
Valeria bajó la mirada un segundo.
—Era solo una entrevista.
—¿En qué hospital?
—En el Hospital Ángeles Roma.