—Mamá, ya son las 9:30.
Las manos de Valeria Martínez temblaban mientras presionaba la tela de su uniforme contra la frente ensangrentada de la mujer.

El frío del pavimento en pleno Centro Histórico de la Ciudad de México le lastimaba las rodillas, pero ese dolor era insignificante comparado con lo que realmente le dolía:
La entrevista.
El Hospital Ángeles Roma, su única oportunidad.
—Señora, ¿puede escucharme? Necesito que se quede conmigo.
La mujer mayor parpadeó, desorientada.
Su ropa elegante —un abrigo de lana que probablemente costaba más que la renta mensual de Valeria en Iztapalapa— contrastaba brutalmente con el polvo del muro de ladrillo junto al que se había desplomado.
—No… no recuerdo.