Veinte minutos antes había recibido la llamada del chofer.
Su madre se había bajado del automóvil, confundida, caminando sin rumbo por la avenida Reforma.
Él había recorrido las calles con desesperación hasta encontrarla.
Pero no estaba sola.
Una joven con uniforme azul de enfermera estaba arrodillada junto a ella, moviéndose con la precisión de alguien entrenado para emergencias.
Una niña —sin duda su hija— se aferraba a su brazo, susurrándole algo al oído.
La enfermera no apartó a la niña.
No gritó buscando atención.
No sacó el celular para grabar.
Simplemente ayudó.
Alejandro dio un paso hacia ellas, pero algo lo detuvo.
Quería ver.
Necesitaba saber qué clase de persona ayudaba sin esperar nada a cambio.
La sirena de la ambulancia rompió el aire de la mañana.
—Ya vienen, señora. Todo va a estar bien.
—Gracias… hija.
La mujer mayor apretó la mano de Valeria con sorprendente fuerza.
Algo se quebró dentro de ella.
Los paramédicos llegaron rápido y con eficiencia.
Tomaron control de la situación mientras Valeria explicaba lo que había observado: la confusión, la desorientación, el golpe en la cabeza.
—¿Es familiar suya? —preguntó uno de los paramédicos.
—No. La encontré así.
—Gracias por quedarse con ella.
Sofía jaló la manga del uniforme de su madre mientras ayudaban a la mujer a subir a la camilla.
—Mami, ¿ya podemos irnos?