Alejandro levantó apenas una ceja.
—¿Para qué puesto?
—Enfermera auxiliar. Turno matutino.
Hubo un pequeño silencio.
—Gracias por ayudarla —dijo él finalmente.
Valeria asintió con educación.
—Cualquiera habría hecho lo mismo.
Alejandro la miró con calma.
—No, señora… no cualquiera.
Ella sonrió débilmente y tomó la mano de Sofía.
—Que su mamá se recupere pronto.
Y se alejaron hacia la estación del Metro.
Alejandro las observó hasta que desaparecieron entre la multitud.
Al día siguiente, a las 8:15 de la mañana, tocaron la puerta del pequeño departamento en Iztapalapa.
Valeria pensó que era la vecina.
—Voy, voy…
Al abrir, casi dejó caer la taza de café.
Frente a ella estaban tres personas: un asistente elegante, un conductor uniformado… y Alejandro Salgado.
—Buenos días, licenciada Martínez.
Valeria parpadeó.
—Señor… yo…