En el divorcio, no pedí dinero ni la custodia de mi hijo.
Solo pedí llevarme a su madre.
Él incluso me pagó 100.000 pesos para quitársela de encima, como si fuera una carga… pero en menos de un mes entendió perfectamente por qué lo hice.
Cuando firmé el divorcio con Alejandro Rivera, no pedí el departamento en Polanco, ni las cuentas, ni los relojes que exhibía como trofeos. Tampoco peleé por la custodia de Santiago. Después de dos años de abogados y amenazas, yo estaba agotada. Vivía de renta y en cada reunión oía la misma frase: la estabilidad económica del padre pesaría más que todo lo demás. Acepté un régimen de visitas y me tragué la rabia.
Solo puse una condición.
—Me llevo a tu madre.
Alejandro sonrió.
—Hecho. Te doy cien mil pesos y te la llevas hoy mismo.
Su madre, Carmen Ortega, llevaba tres años viviendo con nosotros, desde la muerte de su marido y una operación de cadera. Caminaba despacio, pero tenía una memoria feroz. Recordaba quién había pagado cada cosa, qué mentira había dicho Alejandro y a qué hora exacta llegaba cuando decía que había tenido una cena de trabajo. Mi exmarido odiaba esa memoria más que cualquier reproche mío.
Carmen no protestó. Esa noche nos fuimos a un departamento pequeño en la colonia Doctores. Los cien mil pesos sirvieron para el depósito y poco más.
Durante un mes vivimos con una calma extraña. Yo trabajaba desde la mesa de la cocina. Carmen preparaba guisos, doblaba la ropa y observaba el mundo desde la ventana como si esperara algo. A Santiago lo veía los fines de semana; cada vez llegaba más callado, más pendiente del celular, como si en casa de su padre convenía sentir poco y hablar menos.
El día treinta y uno, Carmen me pidió que la acompañara a una notaría en la colonia Roma.
—Hoy vas a entender por qué Alejandro me soltó tan deprisa.
Pensé que quería arreglar un testamento o una cuenta antigua. Pero en el despacho del notario pusieron sobre la mesa una carpeta azul con su nombre y el sello de Rivera Ortega Logística, la empresa que Alejandro siempre había presentado como su gran obra.
El notario habló con una tranquilidad que me erizó la piel.
—Señora Ortega, como titular del sesenta y dos por ciento de la sociedad, puede revocar hoy mismo el poder general concedido a su hijo.
Me quedé mirándola sin comprender. Carmen sonrió por primera vez en semanas.
—La empresa nunca fue de Alejandro —dijo—. Era de su padre, y la mayoría quedó a mi nombre. Él solo manejaba el dinero porque yo le dejé.
El notario deslizó los papeles hacia ella.
—Si firma ahora, su hijo dejará de tocar un solo peso antes de que acabe la tarde.
Carmen tomó la pluma y me sostuvo la mirada.
—Tu exmarido acaba de pagar cien mil pesos para quedarse sin esposa y sin la única persona que todavía podía hundirlo.
Pero quitarle la empresa… solo fue el principio.