Hablaron. Al principio como dos personas que se conocen demasiado. Luego como enemigos. Valeria se acercó y, quizá por soberbia, quizá por la necesidad de ser finalmente reconocida, empezó a decir lo que nunca había confesado.
Que no era por dinero.
Que era por control.
Que estaba cansada de vivir detrás de su nombre.
Que había planeado todo durante mucho tiempo.
Que el fuego en la selva debía terminarlo todo.
A varios metros, los agentes escuchaban.
En un árbol alto, oculta entre ramas, Nayeli vigilaba.
Todo iba bien.
Hasta que Mauricio sospechó.
Miró alrededor. Percibió algo en el aire. Sacó el arma.
—No viniste solo.
Los hombres cerraron la puerta metálica del almacén. La luz disminuyó. El ambiente se volvió más denso, más peligroso. Valeria retrocedió un paso. Por primera vez, ya no controlaba del todo la situación. Había querido usar a Mauricio, pero olvidó que los hombres así nunca son aliados. Sólo esperan el mejor momento para borrar cabos sueltos.
—Voy a limpiar todo —dijo Mauricio, sin mirarla.
Valeria entendió. Se volvió pálida.
En ese segundo, Nayeli actuó.
Lanzó una piedra a una lámpara colgante. El vidrio estalló. La luz parpadeó. Las sombras se tragaron el galpón. Hubo gritos, un disparo, pasos, confusión.
Mauricio giró apenas la cabeza.
Y esa fracción de segundo bastó para que Alejandro se lanzara sobre él.