A mediodía, en la selva Lacandona, el calor no caía: aplastaba. La luz blanca atravesaba las copas inmensas de los árboles y rajaba la tierra húmeda en cuchilladas de fuego. El aire era tan espeso que cada respiración parecía entrar hirviendo a los pulmones. Los insectos zumbaban sin descanso, como una máquina infinita escondida entre hojas, lianas y troncos cubiertos de musgo.
En medio de un claro, Alejandro Montaño, uno de los empresarios más poderosos de México, estaba amarrado a un árbol.
Tenía las manos atadas detrás de la espalda, los ojos vendados y la camisa empapada de sudor. A sus pies, hojas secas y ramas habían sido rociadas con gasolina. El olor era tan fuerte que se le metía por la nariz y le raspaba la garganta. No gritaba. No porque no quisiera, sino porque algo dentro de él ya entendía que aquello no era un secuestro cualquiera.
Era una ejecución.