—Entonces iremos —dijo—. Pero no como ellos esperan.
Contactaron en secreto a la Guardia Nacional y a un fiscal federal de confianza. El plan fue simple: Alejandro aparecería con el dinero, usaría un dispositivo de audio oculto y dejaría que Valeria hablara. Necesitaban pruebas. No sólo intuición.
La entrega sería en un viejo almacén cerca de la selva.
La tarde convenida, Alejandro llegó solo en una camioneta vieja. Llevaba ropa sencilla y la bolsa con el dinero. Caminó hasta el interior del galpón, donde la luz entraba por rendijas oxidadas.
—Traje el dinero —dijo.
Del fondo salió Mauricio, sonriendo.
—Sabía que vendrías.
Y entonces apareció Valeria.
Sin cuerdas.
Sin heridas.
Sin miedo.
Sólo lo suficiente despeinada para parecer una víctima si alguien la fotografiaba desde lejos.
—Estás vivo —dijo, sin sorpresa.
—¿Te decepciona? —preguntó Alejandro.
Valeria sonrió apenas.
—Me intriga.