Los dos chocaron con violencia. El arma se fue al piso. Un hombre corrió con un cuchillo. Valeria, desesperada, vio otra navaja caer cerca de sus pies.
Y eligió.
En lugar de huir, la agarró y se abalanzó sobre Alejandro.
—¡Cuidado! —gritó Nayeli desde arriba.
Alejandro volteó por puro instinto.
Se inclinó justo lo suficiente.
La cuchillada de Valeria falló el pecho y apenas le rozó el brazo. En ese mismo instante, el otro sicario avanzó en dirección opuesta, sin poder frenar. Las dos trayectorias se cruzaron. Los cuerpos chocaron. Valeria cayó al suelo, aturdida. El cuchillo salió disparado. Antes de que pudiera levantarse, los agentes irrumpieron por todos lados.
—¡Nadie se mueva!
Todo terminó en segundos.
Mauricio fue reducido.
Los hombres quedaron inmovilizados.
Valeria, esposada, respiraba agitadamente sobre el piso de concreto, con el cabello deshecho y la máscara finalmente rota.
Alejandro la miró desde arriba. Ya no vio a la esposa impecable de las cámaras. Vio a una mujer vacía, agotada, derrotada por su propia ambición.
—¿Por qué? —preguntó él.
Valeria lo sostuvo con una mezcla de rabia y cansancio.