El país entero la veía como esposa fiel y desconsolada.
Pero Alejandro, desde la penumbra de esa casa olvidada, la miró sin parpadear y supo algo aún peor:
ella no tenía miedo.
Eso significaba que el plan no había terminado.
Días después llegó la siguiente jugada.
Los noticieros explotaron con una nueva noticia: Valeria Montaño había sido secuestrada.
Su camioneta apareció abandonada. Un zapato de tacón quedó junto a la puerta abierta. Y poco después Alejandro recibió una llamada de un número desconocido.
—Tenemos a su esposa —dijo una voz distorsionada—. Si la quiere ver viva, traiga cincuenta millones de pesos.
Enrique lo miró.
—Es una trampa.
Alejandro asintió.
—Sí. Y quieren obligarme a salir a la luz.
Lo que Valeria no sabía era que Nayeli, terca como el monte, no se había quedado quieta. Había seguido rastros, escuchado voces cerca de una casa grande y oído lo suficiente para convertir la sospecha en certeza.
—Ella no está secuestrada —dijo Nayeli cuando apareció en la propiedad, llena de polvo, seria como siempre—. La escuché. Dijo que esta vez tenía que ser definitivo.
Enrique se quedó helado.
Alejandro apretó la mandíbula.