Al día siguiente insistió en regresar al claro. Nayeli quiso detenerlo, pero entendió que algunos hombres necesitan ver la verdad con sus propios ojos para dejar de mentirse.
Volvieron.
El tronco seguía allí, con marcas negras de humo. La cuerda, medio quemada, colgaba del árbol. Alejandro observó el suelo removido y, entre ceniza y barro, vio brillar algo.
Se agachó.
Sacó un anillo de oro blanco con una piedra azul.
Lo limpió con los dedos temblorosos.
En la parte interior estaba grabado: V y A. Para siempre.
Se quedó inmóvil.
Era el anillo que él le había regalado a Valeria el día de su aniversario en Puerto Vallarta, cuando todavía creía que el amor podía protegerlo de todo.
—¿Alguien conocido? —preguntó Nayeli en voz baja.
Alejandro cerró la mano sobre el anillo.
—No —respondió—. Alguien en quien más confiaba.
Desde ese momento dejó de ser una víctima.
Se convirtió en un hombre decidido a descubrirlo todo.
Con ayuda de Enrique Salas, su abogado y único amigo en quien aún creía, Alejandro llegó a una propiedad discreta de su empresa en las afueras de Palenque. Allí revisó cuentas, correos y transferencias. Los números confirmaron lo que el corazón ya sabía: dinero desviado durante meses a empresas fantasma, todas conectadas con Valeria y con un nombre repetido una y otra vez: Mauricio Cruz.
Mauricio no era un empresario.
Era un operador de trabajos sucios.
Mientras tanto, en la televisión nacional, Valeria aparecía vestida de negro, llorando frente a las cámaras.
—Sólo quiero que mi esposo vuelva —decía con la voz quebrada.