Para ellos, un hombre amarrado, vendado y rodeado de fuego no podía sobrevivir.
Debajo de hojas húmedas y tierra negra, Alejandro permaneció inmóvil, respirando con violencia. Nayeli le cubrió la boca con la mano.
No porque fuera a gritar.
Sino porque en la selva, a veces, hasta el miedo hace demasiado ruido.
Esperó mucho tiempo. O quizá fueron sólo minutos. Cuando el último paso se perdió entre los árboles, la niña retiró la mano y le quitó la venda.
La primera imagen que Alejandro vio fue un rostro delgado, unos ojos atentos y una calma extraña para alguien tan pequeña.
—¿Quién eres? —preguntó con la voz rota.
—Alguien de la selva —respondió ella.
No había tiempo para más.
Lo ayudó a levantarse. Él apenas podía sostenerse. Tenía los pulsos lastimados, la garganta seca y las piernas de un hombre que ya se había despedido de la vida. Nayeli lo guio por un sendero invisible, caminando junto al arroyo para borrar huellas. Después de varios minutos llegaron a una cabaña humilde de madera y palma, escondida bajo una ceiba gigantesca.
Allí le dio agua en pequeños sorbos, machacó hojas medicinales sobre sus muñecas y limpió la sangre seca de sus manos sin hacer preguntas.
Sólo después, cuando Alejandro recobró algo de fuerza, el pensamiento volvió completo.
Valeria.
No una sospecha.
No una duda.
Una certeza.