Un multimillonario muere quemado vivo a manos de su esposa, pero una joven pobre aparece para salvarlo y cambiar el destino de todos.

Se arrastró entre raíces gordas como serpientes dormidas, esquivó hojas secas, evitó la luz y llegó hasta la parte trasera del árbol. Sacó de su cintura una pequeña hoja de metal que usaba para cortar hilo de pesca. La apoyó sobre la cuerda y empezó a serrar con movimientos cortos y rápidos.

El fuego crecía al frente.

Las fibras cedían apenas.

El sudor le corría por la frente, no por calor, sino por el terror de hacer un ruido equivocado.

Uno de los hombres se rio.

Otro dijo:

—Ya quedó.

La cuerda se rompió.

Alejandro se venció hacia un lado, y dos manos pequeñas lo sostuvieron con una fuerza que no parecía posible.

—No se mueva —susurró Nayeli.

La voz era tan baja que casi se confundió con el zumbido de los insectos.

Ella no intentó soltarle todo de una vez. No había tiempo. Lo jaló hacia una hondonada oculta detrás del árbol, cubierta por raíces, barro y lianas. Apenas se acomodaron allí cuando las llamas subieron con más fuerza.

—Listo —dijo uno de los hombres.

Nadie revisó.

Nadie se acercó lo suficiente.