PARTE 1
“Si te casas con ese hombre, no vas a vivir mucho.”
Eso fue lo primero que escuché el día de mi boda, justo afuera del Registro Civil de Coyoacán, mientras sostenía mi ramo de peonías blancas y trataba de convencerme de que el hueco en el estómago era puro nervio.
Me llamo Sofía, tenía treinta y tres años y, según mi familia, estaba a punto de dar “el gran paso” con el hombre perfecto. Rodrigo era exitoso, seguro de sí mismo, educado, de esos que saben exactamente qué decir para caer bien. Trabajaba en bienes raíces, manejaba una camioneta impecable y, desde que nos conocimos en una cena con amigos, todo el mundo me repetía lo mismo: