—Porque nunca quise vivir detrás de ti —dijo—. Y porque confundí poder con libertad.
No lloró.
No pidió perdón.
La grabación, las transferencias, el anillo encontrado, la falsa escena del secuestro y la confesión en el galpón bastaron. Días después, el país entero supo la verdad.
Valeria fue condenada.
Mauricio y los demás también.
Pero el final no fue la cárcel.
El verdadero final empezó cuando Alejandro volvió a la selva.
Regresó sin prensa, sin escoltas, sin discursos. Sólo con Enrique. Caminó hasta la cabaña y encontró a Nayeli junto al río, con los pies en el agua, como si el mundo no acabara de volverse más grande.
—Te debo la vida —dijo Alejandro.
Nayeli se encogió de hombros.
—Yo sólo no me fui.
Él sonrió. Era la primera sonrisa verdadera desde el día del árbol.
Pasaron unos meses.
En un claro cerca del río, donde antes sólo había silencio y monte, se levantó un pequeño centro de madera y palma. No tenía logos empresariales ni placas doradas. En la entrada sólo decía:
Casa Nayeli — Centro de protección y aprendizaje de la selva