Pero la gente del pueblo, que por décadas había sufrido los abusos y robos de los Barragán, empezó a amontonarse frente a Mateo y Elena, formando un escudo humano. Eran decenas de campesinos con machetes, señoras con bolsas de mercado, jóvenes hartos de la corrupción. No dejaron que la policía diera ni 1 paso más.
El escándalo fue tan grande que, en menos de 48 horas, la fiscalía estatal tuvo que intervenir. Los periódicos locales se llenaron con la noticia: “El hijo que entregó su herencia para limpiar el nombre de su padre”. Las autoridades catearon las propiedades de Barragán y encontraron docenas de carpetas con fraudes similares. Héctor fue arrestado, intentando escapar hacia la frontera en 1 avioneta privada.
El proceso legal duró 6 meses. Fue un desgaste emocional brutal. Al final, el juez de distrito dictó sentencia: las firmas eran falsas. La venta se anulaba. Las 80 hectáreas totales, incluyendo el rancho donde Mateo había vivido toda su vida, pasaban legítimamente a manos de Elena Rojas. Su apellido estaba limpio. Su padre, por fin, podía descansar en paz.
La tarde en que le entregaron a Elena las nuevas escrituras, el cielo estaba nublado, amenazando con una tormenta de verano. Mateo estaba en la entrada del rancho, terminando de subir 2 maletas viejas a la caja de una camioneta prestada. No tenía a dónde ir. Tenía 0 pesos en el banco y su nombre estaba asociado al escándalo más grande de la región. Pero tenía la conciencia tranquila.