El sol de las 4 de la tarde caía a plomo sobre la sierra de Jalisco cuando Mateo frenó en seco a su caballo. Allí, tirada entre las piedras filosas de la orilla del río, había una mancha blanca. Era una mujer. Tenía el vestido empapado, pegado al cuerpo por el lodo, y el rostro hundido en la grava. No se movía. Durante 1 segundo, el viento caliente dejó de soplar sobre los agaves y el silencio del monte se volvió pesado. Mateo saltó de la silla de montar sin pensarlo 2 veces.
Sus botas chapotearon en el agua helada mientras se arrodillaba junto a ella. La tomó del hombro con cuidado, temiendo lo peor, y la giró lentamente. Estaba viva. Su pecho subía y bajaba con una debilidad extrema. Mateo se quitó el sombrero y le habló con esa voz grave y pausada de los hombres de campo.
—Tranquila, muchacha. Ya estoy aquí. Nadie le hará daño.
Pasaron 15 largos segundos antes de que ella reaccionara. Primero movió los dedos sobre las piedras mojadas; luego, abrió los ojos. Eran unos ojos color café oscuro, pero estaban vacíos, cargando un nivel de agotamiento que Mateo solo había visto en animales acorralados. Ella intentó sentarse, pero sus brazos temblaron y colapsó. Él la sostuvo firme por la cintura. Tenía los pies descalzos y un corte profundo en el talón derecho que no dejaba de sangrar.
—Me llamo Elena —murmuró ella, con la garganta reseca—. La corriente… me arrastró.