Escuchó el sonido de unos pasos sobre la grava. Era Elena. Llevaba el documento en la mano.
—¿Ya te vas? —preguntó ella. El tono de su voz ya no tenía rencor, pero sí una tristeza profunda.
—Es tu tierra, Elena. Tu casa. Tu padre estaría orgulloso de ti —dijo Mateo, acomodándose el sombrero y forzando una sonrisa—. Cuidé la huerta lo mejor que pude. Los caballos están alimentados. Que Dios te bendiga.
Mateo se dio la vuelta para subirse a la camioneta. Había perdido la única vida que conocía, pero sabía que era el precio justo a pagar por los pecados de su sangre.
—¡Mateo, espera! —gritó ella.
Él se detuvo. Elena acortó la distancia entre ellos. La mujer que había llegado al río medio muerta, destrozada por el odio, ahora estaba de pie frente a él, fuerte, dueña de su destino, con los ojos llenos de lágrimas de un perdón genuino.