A la mañana siguiente, era domingo. El día de plaza. El pueblo entero estaba reunido frente a la presidencia municipal. Mateo, Elena y don Julián caminaron hacia el quiosco central, seguidos por la mirada curiosa de más de 300 personas. Héctor Barragán estaba tomando café en el balcón del palacio municipal. Al verlos, mandó a sus 4 guardias a detenerlos.
Pero Mateo fue más rápido. Conectó un micrófono viejo que usaban para los anuncios del pueblo y su voz retumbó en cada rincón de la plaza.
—¡Vecinos! —gritó Mateo, haciendo que la música de banda se detuviera—. Toda mi vida pensé que el rancho que mi padre me dejó era fruto del sudor de su frente. ¡Pero hoy descubrí que mi familia es una ladrona!
La multitud jadeó. Los murmullos estallaron. En México, el honor y la tierra son sagrados, y que un hombre deshonrara públicamente la memoria de su propio padre era un acto impensable.
—¡Hace 22 años, Arturo Valdez y Severiano Barragán falsificaron firmas para robarle su patrimonio a la familia Rojas! —continuó Mateo, alzando las escrituras para que todos las vieran—. ¡Aquí están las pruebas! ¡Aquí está la carta escrita por el propio Severiano!
Héctor Barragán bajó las escaleras furioso, rojo de ira.
—¡Cállate, infeliz! ¡Arréstenlo, está borracho! —le gritó a la policía municipal.