Un campesino rescató a una mujer del río, pero al secarle el rostro descubrió el secreto más macabro de su propia familia…

Héctor escupió en el suelo y se fue. En ese momento, Mateo entendió que la vida de Elena corría un peligro inminente. Su familia le había quitado todo a esa mujer 1 vez; no iba a permitir que ahora le quitaran la vida. Ensilló a su caballo y cabalgó a toda velocidad hacia el pueblo.

La encontró en la fonda de la plaza, intentando conseguir a alguien que la llevara a la capital del estado para buscar un abogado. Cuando Mateo entró, ella le volteó la cara.

—Vete de aquí —le dijo, apretando los dientes.

—Héctor Barragán sabe que estás aquí. Te van a matar, Elena —susurró Mateo, sentándose frente a ella—. Mi padre fue un cobarde y un ladrón. Pero yo no soy él. Tengo los papeles originales. Tengo la confesión escrita de Severiano. Vamos a hundirlos a todos.

Elena lo miró, buscando un rastro de engaño en sus ojos. Pero solo encontró una determinación suicida.

—Si presentas esos papeles —dijo ella en voz baja—, vas a perder tu rancho. El gobierno te va a confiscar todo por fraude. Te vas a quedar en la calle.

—Ese rancho nunca fue mío —respondió Mateo, sacando los documentos de su chaqueta—. Es tuyo.

Fueron juntos a la oficina de don Julián, el único notario del pueblo que no estaba en la nómina de los Barragán. Era un hombre de 70 años, cansado pero con una moral inquebrantable. Al ver los documentos, don Julián palideció, pero asintió. Para hacer la denuncia efectiva y evitar que Héctor Barragán los matara en secreto, necesitaban hacer el escándalo público.