Durante los siguientes 2 días, el rancho fue un infierno de silencio. Mateo no comió. Solo miraba las escrituras y pensaba en la hipocresía de su padre. Pero la situación estaba a punto de volverse mucho más oscura. La noticia de que una mujer forastera andaba por el pueblo haciendo preguntas sobre los negocios de hace 20 años llegó a oídos de Héctor Barragán, el hijo del difunto Severiano, quien ahora controlaba la política local, la policía y la mitad de los negocios del municipio.
La tarde del jueves, 3 camionetas negras se estacionaron frente a la casa de Mateo. Héctor Barragán, un hombre de traje impecable pero mirada de víbora, bajó rodeado de 4 hombres armados.
—Mateo, muchacho —dijo Héctor, encendiéndose un puro—. Me dicen mis muchachos que andas hospedando a una mosca molesta. Una tal Elena Rojas. Dicen que anda buscando mover la tierra de los muertos.
—Se fue —respondió Mateo, plantándose firme en el corredor, con el pulso acelerado pero sin bajar la mirada.
—Más te vale —sonrió Héctor con malicia—. Porque si esa mujer abre la boca, voy a tener que cerrársela a plomo. Y de paso, a ti te quito este ranchito. Tu padre era un perro obediente, Mateo. No me obligues a sacrificar al cachorro.