A la mañana siguiente, Elena lo encontró sentado en la cocina. No había preparado el café. Sobre la mesa de madera estaba la carta de Barragán y las escrituras. Mateo tenía los ojos rojos y la voz rota.
—Mi apellido es Valdez, Elena —dijo él, sin atreverse a mirarla a los ojos—. Yo soy el hijo de Arturo. Y esta tierra… la tierra que pisas, era de tu padre.
El impacto en el rostro de Elena fue devastador. Dio 3 pasos hacia atrás, chocando contra la pared de la cocina. Su respiración se aceleró. Miró los papeles, luego miró a Mateo. Todo el agradecimiento y el cariño que había nacido entre ellos en los últimos 6 días se transformó en un odio fulminante.
—¡Me mentiste! —gritó ella, con la voz desgarrada—. ¡Me trajiste a la casa del asesino de mi padre! ¡Me diste de comer con el dinero manchado de su sangre!
—¡Yo no lo sabía! —suplicó Mateo, poniéndose de pie—. ¡Te lo juro por Dios, Elena, me acabo de enterar esta madrugada!
Pero ella no quería escuchar. Con lágrimas de rabia resbalando por sus mejillas, agarró sus cosas y, cojeando por el dolor de su pie aún sin sanar, salió corriendo de la casa. Mateo no la detuvo. Sabía que no tenía ningún derecho a hacerlo.