Un campesino rescató a una mujer del río, pero al secarle el rostro descubrió el secreto más macabro de su propia familia…

Mateo tragó saliva. Su mente viajó a su infancia, recordando a su padre, don Arturo, como un hombre estricto, devoto, que siempre decía que el trabajo honrado era la única forma de ganarse el pan. ¿Cómo podía ser él el ladrón del que hablaba Elena? Tenía que haber 1 error.

—Lo… lo he escuchado nombrar —mintió Mateo, sintiendo el sabor amargo de la cobardía en la boca—. Es tarde. Mañana hablaremos de esto.

Esa noche, Mateo no durmió. A las 2 de la madrugada, encendió 1 lámpara de queroseno y se encerró en el viejo despacho que había pertenecido a su padre. Durante 3 horas, revolvió cajones polvorientos, abrió baúles de cuero reseco y revisó cada carpeta de la contabilidad familiar. Rezaba en voz baja para no encontrar nada, pero el destino no sabe de rezos. En el fondo de 1 caja de metal, debajo de unas actas de nacimiento viejas, encontró un sobre manila sellado.

Al abrirlo, sus manos temblaron. Eran las escrituras originales de un rancho vecino de 50 hectáreas, fechadas hace 22 años. El nombre del vendedor era Ignacio Rojas, el padre de Elena. El comprador: Arturo Valdez. Pero lo que hizo que a Mateo se le revolviera el estómago fue una carta adjunta, escrita a mano por el hombre más rico y corrupto de la región, Severiano Barragán.

La carta decía: “Arturo, compadre. El juez ya aceptó las firmas que falsificamos. El rancho de Rojas es nuestro. Yo me quedo con el agua y tú te quedas con la tierra para sembrar tu agave. Mantén la boca cerrada y tu familia nunca pasará hambre.”

Mateo cayó de rodillas en el piso de madera. Su padre no era un hombre honrado; era el prestanombres de un cacique criminal. Toda su vida, su orgullo, su rancho, los muros de adobe que lo rodeaban… todo estaba construido sobre la desgracia, el hambre y la muerte del padre de Elena.