Mateo supo de inmediato que mentía, o al menos, que no decía toda la verdad. Ese corte no era de una caída en el río; era la herida de alguien que llevaba días huyendo a pie por el monte lleno de huizaches. Pero en el rancho le habían enseñado a no hacer preguntas cuando alguien sangra. La subió a su caballo y la llevó a su casa, 1 cabaña de adobe y madera rodeada de 30 hectáreas de maíz y agave que había heredado de su difunto padre, don Arturo.
Durante los siguientes 5 días, Elena se quedó en el cuarto de huéspedes. Mateo la curó, le dio de comer frijoles de la olla y tortillas hechas a mano. Ella, a cambio, empezó a limpiar la casa y a preparar el café a las 6 de la mañana, un café de olla con canela que a Mateo le supo a gloria. Hablaban poco, pero las miradas que cruzaban en el corredor al atardecer decían demasiado. Él, un hombre solitario desde hacía 10 años, empezó a sentir que esa casa por fin tenía alma.
La noche del sexto día, bajo un cielo repleto de estrellas, Elena por fin rompió el silencio. Le confesó que no estaba allí por accidente. Había viajado más de 200 kilómetros buscando justicia.
—Mi padre murió escupiendo sangre por el coraje —dijo Elena, con lágrimas de rabia—. Un hombre le robó nuestras tierras con papeles falsos. Lo dejó en la miseria. Le juré en su lecho de muerte que encontraría a ese miserable y limpiaría nuestro apellido.
Mateo, con el corazón encogido por la empatía, le puso una mano en el hombro.
—Dígame el nombre de ese infeliz. Yo conozco a todos en esta región. La voy a ayudar a hundirlo.
Elena lo miró fijamente, sacó un papel arrugado de su bolsillo y pronunció el nombre con asco:
—Arturo Valdez.
Mateo sintió que la sangre se le helaba en las venas. El aire le faltó. Arturo Valdez no era un cacique cualquiera. Era su padre. El hombre que le había heredado la tierra que pisaban. El silencio se volvió asfixiante y Mateo se dio cuenta de que la mujer de la que se estaba enamorando había venido a destruir su vida. No podía creer lo que estaba a punto de suceder…
PARTE 2
El mundo de Mateo se derrumbó en 1 instante. Retiró la mano del hombro de Elena como si la piel de la mujer estuviera hirviendo. Ella notó el cambio abrupto en su rostro, la palidez repentina que reemplazó a su expresión cálida.
—¿Qué pasa, Mateo? —preguntó ella, frunciendo el ceño—. ¿Lo conoces? ¿Conoces a la familia Valdez?