SU HIJA LA ENCERRÓ EN UN SÓTANO Y LO SELLÓ CON LADRILLOS… PERO 10 AÑOS DESPUÉS ELLA TOCÓ LA PUERTA…

Aurelio le dijo que había escuchado ruidos extraños durante varias noches, que le preocupaba que pudiera haber algún animal atrapado o quizás algún problema con la estructura de la casa. Verónica se cruzó de brazos, frunció el ceño y respondió diciendo que no era nada, que seguramente era el perro que había adoptado hacía poco, un animal inquieto que rascaba las paredes cuando escuchaba ruidos en la calle.

Luego, con una sonrisa tirante, añadió que no todos los vecinos sabían respetar la privacidad ajena y que quizás Aurelio debería preocuparse más por sus cosas. Él, sin perder la calma, asintió.

le pidió disculpas por molestar y se retiró, aunque por dentro algo le decía que esa explicación no era sincera. Lo que Verónica no sabía era que Aurelio recordaba perfectamente que su perro, un pequeño Schnauser Gris, había muerto hacía más de 6 meses.

Él mismo la había consolado en la puerta. Incluso le llevó flores cuando la vio llorar en el jardín el día que enterraron al animal en el fondo del terreno. Así que no.

No era el perro. Eso lo tenía claro. Y si no era el perro, entonces, ¿qué era? ¿Qué estaba ocurriendo en esa casa? Esa noche Aurelio no durmió. se quedó junto a la ventana con la radio apagada escuchando en silencio.

A las 11:30, como un reloj, comenzaron otra vez los ruidos, tres golpes secos, luego una pausa y después algo que no era un golpe, sino un sonido más suave, más agudo, como si alguien estuviera arrastrando las uñas por una superficie de madera.

se puso de pie, tomó su linterna y salió al patio. La luna apenas iluminaba el camino, pero él conocía cada rincón de su jardín. Se acercó a la parte trasera de su terreno, donde su pared colindaba con la casa de Verónica, y se quedó quieto con la linterna apagada.

Agachó la cabeza, pegó el oído al suelo y lo que escuchó le heló la sangre. Era un llanto, no el llanto de un niño ni de un animal. Era un llanto contenido, desgarrador, de una mujer mayor.

Se escuchaba apenas como si viniera desde las entrañas de la tierra, pero estaba ahí. No era su imaginación, era real. Al principio pensó que estaba soñando, pero cuando volvió a escuchar su nombre, entre soyosos, sintió que las piernas le temblaban.

Aurelio”, decía la voz. “Aurelio, ayúdame.” Se echó hacia atrás, se sentó en el pasto y cerró los ojos. No podía ser, no podía ser que esa voz fuera la de Estela.

Pero lo era. No tenía dudas. La conocía demasiado bien. Era su tono, su acento, la forma en que pronunciaba las palabras. No entendía cómo, no entendía por qué, pero Estela estaba ahí abajo, enterrada.

encerrada, viva. Su corazón latía con fuerza y por un momento sintió que el aire le faltaba. ¿Cómo era posible? ¿Qué clase de monstruos podían haber hecho algo así? Volvió a entrar a su casa, cerró con llave y se sentó en su sillón.

Tenía que pensar, tenía que hacer algo, pero no podía actuar sin pruebas. Sabía que si acusaba a Verónica sin fundamentos, podría meterse en problemas, o peor, que ella se enterara.

y decidiera terminar lo que había empezado. Se pasó las manos por la cara, respiró hondo y se prometió que al día siguiente volvería a escuchar. Volvería a confirmar lo que había sentido.