SU HIJA LA ENCERRÓ EN UN SÓTANO Y LO SELLÓ CON LADRILLOS… PERO 10 AÑOS DESPUÉS ELLA TOCÓ LA PUERTA…

con ladrillos, ni con silencio, ni con olvido, porque hay almas que nacen para resistir y la suya, aunque herida, aún tenía mucho por decir. Don Aurelio no era hombre de meterse en la vida de los demás, pero tampoco era de los que fingían no verlo evidente.

Llevaba casi 30 años viviendo en esa misma calle de Querétaro, en la misma casa de paredes color crema, que construyó con sus propias manos junto a su difunta esposa, doña Luz, una mujer de carácter fuerte y corazón noble, que lo había dejado así ya una década.

Desde entonces, Aurelio vivía solo con la compañía de sus libros viejos, su radio a pilas y una rutina meticulosa que se repetía todos los días sin falta. Pero desde hacía algunas semanas algo había comenzado a perturbar esa rutina.

Al caer la noche, cuando se sentaba en su sillón con una taza de té caliente, escuchaba ruidos que no encajaban con la tranquilidad habitual del vecindario. Eran sonidos secos, apagados, como golpes contra una superficie dura.

A veces le parecían susurros, no voces claras, no palabras articuladas, sino un murmullo insistente, casi como un lamento que el viento arrastraba hasta su patio trasero. Al principio pensó que se trataba de algún animal atrapado o quizás del ruido de los caños viejos, pero noche tras noche los

sonidos persistían siempre alrededor de la misma hora, siempre provenientes de la casa de al lado, la que pertenecía a Verónica. La hija de Estela. Don Aurelio conocía bien a doña Estela.

Habían sido vecinos por más de 20 años y aunque nunca fueron íntimos, él siempre la consideró una mujer amable, trabajadora y con una dignidad que no se perdía ni en los días más duros.

Por eso le extrañaba no haberla visto más. Pensó que quizás estaba enferma o que se había ido a vivir con algún otro familiar, pero no podía evitar sentir que algo no encajaba.

Las cortinas de la casa de Verónica siempre estaban cerradas, incluso de día. Nadie hablaba de Estela, nadie preguntaba por ella y Verónica, cuando lo saludaba, lo hacía con una sonrisa tensa, como si llevara una carga que no quería mostrar.

Una noche, harto de las dudas y empujado por una inquietud que no le daba paz, Aurelio decidió acercarse a la casa de al lado. Eran casi las 10 cuando cruzó el pequeño jardín con pasos lentos.

golpeó la puerta de madera con los nudillos y esperó. Verónica tardó un par de minutos en abrir. Llevaba una bata de dormir elegante, el cabello recogido de forma apresurada y una expresión de fastidio apenas disimulada.