Una madre fue encerrada en un sótano por su propia hija. Sellaron la pared con ladrillos y la dieron por muerta. 10 años después tocó la puerta de esa misma casa, viva, elegante y con algo que nadie esperaba.
La casa olía a guiso recién hecho, de esos que solo una madre con años de experiencia y amor en las manos sabe preparar.
Estela, con sus 78 años bien vividos, movía con cuidado la cuchara de madera sobre la olla, probando con la punta de la lengua y sonriendo con la satisfacción de quien aún se siente útil, querida, parte del hogar.
En la mesa, ya dispuesta con tres platos hondos, el pan cortado y servilletas dobladas, reinaba un silencio espeso. Verónica, su única hija, revisaba distraída el teléfono sin siquiera mirar a su madre mientras la veía servir la sopa con ese cariño habitual.
Estela la llamó por su nombre. le dijo que estaba muy contenta de que estuvieran juntos, que se sentía afortunada de poder ayudar con la casa, aunque ya no fuera tan rápida como antes.