Si era cierto, si Estela realmente estaba allí, él la sacaría de ese infierno. No sabía cómo, pero lo haría. Porque ningún ser humano merece ser enterrado vivo, porque hay cosas que no se pueden callar.
Y porque la voz de esa mujer no debía apagarse así entre ladrillos y mentiras. Esa noche, por primera vez en años, don Aurelio lloró, no de miedo, no de rabia, sino de impotencia, porque entendía que estaba frente a una verdad demasiado oscura para ser ignorada, y porque sabía en lo más profundo de su alma que él era la única persona que podía hacer algo.
Don Aurelio no durmió esa noche. dio vueltas en la cama como si cada pensamiento lo empujara hacia el borde, como si el colchón se volviera más estrecho cada vez que recordaba aquella voz que salía del suelo, ese llanto que no era imaginado, que él sintió vibrar en su pecho como una campana de verdad.
A las 5 de la mañana, cuando el cielo apenas comenzaba a aclararse, se levantó sin ruido, preparó una taza de café negro y se sentó frente a la ventana. observó la casa de Verónica con detenimiento.
Nada aparecía fuera de lugar. Todo estaba en orden. Las cortinas seguían cerradas. El auto seguía en la entrada. Ni una hoja se movía. Pero él sabía que algo oscuro se escondía detrás de esas paredes.
Algo que ningún vecino imaginaba, algo que pedía ayuda desde lo más profundo. Después de un rato se levantó con decisión. fue al cobertizo del fondo, donde guardaba las herramientas de jardinería, y eligió una pala firme, pesada, con el mango de madera gruesa.
Luego tomó una linterna, una cuerda y un pequeño pico oxidado que no usaba desde que Luz había muerto. cerró la puerta con llave, miró al cielo y murmuró con voz quebrada que si estaba equivocado lo lamentaba, pero que si no lo estaba, alguien debía hacer algo porque nadie merece morir en silencio.
Comenzó a acabar en la parte trasera de su jardín, justo donde creía que el terreno colindaba directamente con el sótano de la casa de Verónica. Al principio la Tierra estaba compacta y húmeda por las lluvias recientes, pero Aurelio tenía manos fuertes curtidas por años de trabajo físico.
Y aunque la espalda le dolía y el sudor le empapaba la camisa, no se detuvo. Cababa en silencio, sin prisa, pero sin pausa, como si cada palada fuera una oración, una promesa de rescate.
Pasaron horas, el sol comenzó a subir y el calor del día se hizo insoportable, pero él siguió movido por algo más fuerte que la razón, la certeza de que Estela estaba ahí viva esperando.
A medida que el túnel se profundizaba, su corazón latía más rápido. Había colocado la linterna en el suelo, iluminando el camino angosto que se abría paso hacia lo desconocido. Sus manos estaban llenas de tierra.
Las uñas rotas y la respiración le dolía en el pecho, pero no podía detenerse. A media tarde, cuando ya había acabado casi 2 met de largo, el pico chocó contra algo duro.