Gritó con más fuerza. Golpeó la pared con los puños clamando por ayuda, por compasión, por una explicación. Sabía que la tele estaba encendida porque alguien estaba allí, porque su hija y su yerno estaban allí.
gritó hasta quedarse sin voz, hasta que sus manos ardían por los golpes, hasta que la garganta le dolía como si hubiera tragado fuego. Y entonces la escuchó. La voz de Verónica no bajó al sótano, no se acercó a verla, pero su voz bajó como un cuchillo por las rendijas invisibles de ese encierro.
“Lo siento mamá”, dijo con una frialdad que el heló la sangre de Estela. “Pero tú ya viviste suficiente”. No hubo más palabras, solo eso. Y luego el sonido de la televisión subiendo de volumen como para silenciar cualquier otra cosa que pudiera oírse.
Estela se quedó inmóvil con la espalda pegada al muro y los ojos bien abiertos tratando de entender si aquello era real, si realmente su propia hija le había dicho eso, si realmente estaba allí encerrada por voluntad de ella.
Los minutos pasaron como horas. El frío le calaba los huesos. El estómago empezaba a dolerle y la boca estaba seca como papel. Buscó con las manos a su alrededor y encontró una pequeña botella de agua y un trozo de pan viejo, duro como piedra.
Fue entonces cuando comprendió que todo había sido planeado, que no era un accidente, que la pastilla, el colchón, el encierro, todo estaba preparado. Verónica lo había hecho con intención. Ulises también estaban arriba viviendo su vida como si nada mientras ella era enterrada viva bajo sus pies.
Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas sin control, no por el miedo, sino por la tristeza. Una tristeza tan profunda que dolía más que cualquier golpe, más que cualquier traición.
Había criado a su hija sola, había trabajado desde joven, había sacrificado todo por ella. Y ahora, ahora era una carga que debía desaparecer, una voz menos en la casa, un cuerpo menos en la mesa.
El tiempo dejó de tener sentido ahí dentro. No sabía si era de día o de noche. No sabía cuántas horas habían pasado desde que despertó. solo sabía que el aire se volvía más denso, que su cuerpo dolía por la rigidez del suelo y que su corazón latía con un ritmo desordenado, como si también quisiera rendirse, pero no lo hizo.
A pesar del dolor, a pesar del silencio, Estela no se rindió. recordó a su madre, una mujer fuerte que siempre le decía que incluso en la peor tormenta, hay que mantener la espalda recta y la mirada firme.
Recordó a su padre que le enseñó a nunca quedarse callada cuando algo era injusto y pensó que si había sobrevivido a tantas cosas, también podría sobrevivir a esto. Comenzó a pensar, a planear, a observar cada rincón del sótano, a guardar fuerzas.
Hablaba sola, en voz baja como para no enloquecer. Se repetía que no era su culpa, que ella no había hecho nada malo, que merecía vivir. Y en ese espacio donde el mundo parecía haberse olvidado de ella, encontró algo dentro de sí misma que no sabía que tenía, una voluntad indestructible.
Pensó en su nieto, en el niño que apenas hablaba cuando ella fue encerrada. ¿Le contarían que su abuela murió? ¿Le dirían que desapareció sin decir a Dios? ¿O simplemente borrarían su nombre de la historia?
No lo permitiría. No dejaría que la mentira venciera. No moriría allí. Y así, en medio del frío, del hambre, del abandono, Estela decidió que sobreviviría. No por venganza. No para castigar a nadie, sino para vivir, para demostrar que hay cosas que no se pueden enterrar tan fácilmente, ni