El suelo bajo su cuerpo era de cemento húmedo y una humedad agria subía por sus narices, mezclada con el olor de polvo, encierro y olvido. Al intentar moverse, sintió un calambre que le recorrió la espalda y soltó un pequeño quejido.
Tardó unos segundos en comprender que no estaba en su cama. que no estaba en su cuarto y que algo no estaba bien. Intentó incorporarse, pero el mareo la obligó a quedarse sentada apoyada contra una pared helada que le raspaba la espalda con su textura áspera.
Parpadeó varias veces, esperando que la oscuridad se diera, pero solo escuchaba su propia respiración y el silencio absoluto que la envolvía. Fue entonces cuando casi por instinto levantó una mano temblorosa y golpeó la pared con los nudillos.
Uno, dos, tres golpes suaves, apenas audibles, pero suficientes para encender el miedo en su pecho. Nadie respondió. El silencio continuó impasible, como si se burlara de ella. golpeó más fuerte, esta vez con ambas manos, con desesperación y gritó el nombre de su hija.
Primero con voz quebrada, luego con un grito más agudo, lleno de angustia. Verónica, Verónica, por favor, ¿dónde estás?, preguntó con un hilo de voz, rogando por una respuesta, por una señal, por cualquier cosa que le hiciera pensar que todo era un mal sueño.
Pero no llegó ninguna respuesta. Solo el eco sordo de sus propios gritos chocando contra las paredes de cemento se levantó con dificultad, palpando el espacio con las manos como una siega, intentando entender dónde estaba.
Tocó los muros fríos, la humedad, los rincones llenos de polvo. El lugar era pequeño, apenas unos metros cuadrados, con un colchón viejo y una manta que apenas cubría las piernas.
No había ventanas, no había puertas visibles, solo paredes y una sensación brutal de encierro. Desde algún lugar sobre su cabeza logró escuchar un leve murmullo. Se quedó quieta con el oído atento y entonces lo oyó con más claridad.
Una televisión encendida, el sonido de una telenovela o quizás de un noticiero mezclado con risas enlatadas. Estela sintió una punzada en el pecho al reconocer que estaba justo debajo de su casa, del lugar donde había vivido por años y que arriba la vida continuaba como si nada.