La cueva apareció detrás de un grupo de nopales y piedras altas, como una herida abierta en la montaña.
Oscura.
Silenciosa.
Fría.
Me quedé unos segundos observándola desde afuera.
El perro callejero se había quedado más abajo, sin subir.
Eso debió advertirme algo.
Pero el cansancio puede más que el miedo cuando no te queda nada.
Entré.
Dentro olía a mineral mojado y a tiempo detenido.
Había polvo viejo, algunas ramas secas arrastradas por el viento y un rincón que parecía protegido de la lluvia.
Dejé mi bolsa en el suelo.
Me abracé a mí misma.
Cerré los ojos.
Por primera vez desde que salí de la cárcel, tenía algo parecido a un refugio.
No era un hogar.
Pero era un sitio donde desaparecer.
Recogí piedras pequeñas y ramas para hacer una fogata.
Al mover una roca plana junto a la pared, escuché un sonido distinto.
No el golpe seco de piedra contra piedra.
Algo hueco.
Me quedé inmóvil.
Volví a tocar la roca.
Otra vez ese sonido.
La respiración se me cortó.
Me arrodillé y empecé a quitar tierra con las manos, cada vez más rápido.
Las uñas se me llenaron de barro.
La piel de los dedos se me abrió.
Pero seguí.
Hasta que la punta de mis dedos chocó con madera.
No podía ser.
Aparté más tierra.
Apareció una caja pequeña, oscura, envuelta en una tela podrida por los años.
Tenía un cierre de metal oxidado…
y grabadas en la tapa dos iniciales que me hicieron dejar de respirar.
T. M.
Las iniciales de mi abuelo.