Y justo cuando alargué la mano para abrirla, escuché pasos afuera de la cueva.
¿Quién había subido hasta allí y cómo sabía que yo estaba dentro?
¿Qué había escondido mi abuelo en aquella montaña antes de morir?
Y si esa caja llevaba décadas enterrada…
¿por qué alguien había venido justo esa noche?
Parte 2…

El sonido de los pasos se detuvo justo en la entrada de la cueva. Mi corazón, que ya latía con fuerza, pareció detenerse por completo. La sombra de un hombre se recortó contra la luz grisácea de la mañana, alargándose sobre el suelo de tierra hasta tocar mis manos sucias.
—No debiste volver, Elena —dijo una voz que no había escuchado en once años, pero que reconocería en cualquier infierno.
Era mi hermano, Julián. Pero no el muchacho flaco que recordaba; era un hombre con ropa de marca, un reloj dorado y una mirada cargada de una frialdad que me dio más miedo que cualquier celda.
—¿Cómo sabías que estaba aquí? —pregunté, cubriendo la caja con mi cuerpo.
—Mamá me llamó. Dijo que “la vergüenza de la familia” había aparecido en la puerta de la casa vieja. Sabía que no tenías a dónde ir. Y sabía que, tarde o temprano, recordarías las historias del abuelo sobre esta cueva.
Julián dio un paso hacia adentro. Sus zapatos caros crujieron sobre las ramas secas.
—Dame la caja, Elena. Ese “tesoro” no te pertenece. Tú ya nos costaste demasiado.
—¿Costarles? —me puse de pie, sintiendo una rabia que quemaba más que el frío—. Yo pagué por el crimen que tú cometiste, Julián. Yo me quedé callada para que no te pudrieras en la cárcel. Y a cambio, ustedes vendieron mi casa y me borraron del mapa.