Sin techo tras salir de la cárcel, me mudé a una cueva escondida…
Ahí fue cuando todo comenzó…
—¿Puedo ayudarla? —preguntó el hombre, secándose las manos en el pantalón mientras me clavaba una mirada dura.
Tardé unos segundos en responder.
Tenía la boca seca.
Los pies me ardían por la caminata.
El corazón me golpeaba como si quisiera salir corriendo sin mí.
—Aquí vivía mi familia —dije al fin—. Esta era la casa de los Morales.
El hombre frunció el ceño.
Miró hacia la puerta.
Luego a los niños que jugaban en el patio.
Después volvió a verme como se mira a alguien que trae problemas.
—La compramos hace ocho años —contestó—. A una señora llamada Elvira Morales.
Mi madre.
Sentí que algo dentro de mí se aflojaba de golpe.
No porque la casa ya no fuera nuestra.
Eso, en el fondo, ya lo sospechaba.
Sino porque la había vendido mientras yo estaba encerrada.
Sin decirme.
Sin dejarme nada.
Sin esperar a que saliera.