“No llore, señor, mi madre viene a salvarlo”: ¡El duque jamás podría haber imaginado quién era ella!

Esa misma tarde bajó a la cava con un pretexto mal armado sobre revisar ropa para el prisionero. Los guardias dudaron, pero la dejaron pasar unos minutos.

Sebastián la reconoció de inmediato. Y entendió por qué la niña hablaba de ella como si fuera una fuerza de la naturaleza.

Elisa no se parecía a nadie de la hacienda. No agachó la cabeza. No lo miró con morbo ni compasión vacía.

—Así que usted es la madre —dijo él.

—Y vengo a pedirle perdón. Mi hija no debió bajar.

—Me dijo que venía a salvarme.

—Mi hija hace promesas grandes en mi nombre.

—¿Y usted suele cumplirlas?

Elisa sostuvo su mirada.

—Solo las que valen la pena.

Sebastián le contó todo. Ramiro Cárdenas, los documentos falsos, el magistrado comprado, la tormenta que había aislado la región, la sospecha de que en cuanto obtuviera un fallo favorable, Ramiro lo haría desaparecer. Elisa escuchó sin interrumpir, con el ceño apenas fruncido.

—¿Dónde están las escrituras originales? —preguntó al final.

—En mi despacho. Dentro de una caja fuerte detrás del retrato de mi padre. Pero Ramiro me quitó el llavero cuando me arrestaron.

Elisa abrió un pequeño estuche de cuero que llevaba escondido. No había agujas. Había herramientas finas de metal.

Sebastián la miró, sorprendido.

—¿Ganzúas?

—Instrumentos de precisión —corrigió ella con calma—. Mi marido era cerrajero antes de morir. Me enseñó algunas cosas.

—¿Está pensando en robarle las llaves a un hombre que quiere matarme?

—Estoy pensando en recuperar lo que él robó primero.

Aquella noche, Elisa no durmió. Observó. Calculó. Durante el día había notado el chaleco gris de Ramiro con una cadena dorada cruzándole el pecho, el horario exacto en que bajaba a cenar y la costumbre de beber oporto hasta tarde en el salón principal. A las diez y media, el ala noble quedaba casi vacía.

Vestida de oscuro, se escabulló por los corredores como una sombra. Forzó la cerradura del cuarto de Ramiro en menos de medio minuto. Revisó bolsillos, cajones, chaquetas. Nada. Hasta que tocó el forro interior de un abrigo y sintió un bulto irregular. Una costura falsa. Sonrió. Una costurera reconoce una trampa cosida.

Descoció con precisión y encontró tres llaves: la del despacho, la de la caja fuerte y la del armario de armas.

Volvía a salir cuando escuchó voces acercándose. Se escondió detrás de una estatua.

Era Ramiro, borracho de ambición.

—Mañana, en cuanto el magistrado firme, todo será mío —decía a dos hombres—. Y luego el primo tendrá un accidente. Una caída, un veneno, lo que sea. Para el atardecer yo seré el nuevo dueño de San Jerónimo.

Elisa sintió un frío distinto al del corredor. Ya no había tiempo.

Al amanecer, con ayuda de dos cocineras, un mozo de cuadras y el viejo mayordomo —todos leales a Sebastián porque siempre los había tratado con justicia—, logró entrar al despacho. La caja fuerte cedió con la llave correcta. Dentro estaban las escrituras originales, cartas notariales, el testamento legítimo y varios documentos sellados.

Pero cuando iba rumbo al cuarto del magistrado regional, Ramiro la descubrió.

—Qué interesante encontrarla aquí, costurerita.

Uno de sus hombres le sujetó el brazo. Ramiro sonreía con crueldad.

—¿Qué escondes?

En ese instante, una puerta se abrió de golpe y Luz salió corriendo, llorando.

—¡Mamá!

Se abrazó a las piernas de Elisa con tal fuerza que todos se distrajeron un segundo. Y en ese segundo, con la agilidad de un gato pequeño, la niña sacó el rollo de papeles escondido en la falda de su madre y se lo guardó debajo del vestido.