La sonrisa de Luz fue chiquita, pero encendió la celda más que el farol.
—Alguien llega a salvarlos.
Sebastián tragó saliva.
—La vida real no siempre funciona como los cuentos, niña.
Luz negó con la cabeza, con una seguridad casi absurda.
—No llore, ¿sí? Mi mamá va a venir a salvarlo.
El silencio que siguió fue total.
—¿Tu mamá? —repitió él.
—Sí. Ella siempre arregla todo. Ropa rota, corazones rotos, cosas torcidas. Usted está roto, pero ella lo va a remendar.
Antes de que Sebastián pudiera responder, se escucharon pasos pesados en el corredor. Luz tomó el farol deprisa.
—Ya viene el guardia. Me tengo que ir.
Retrocedió unos pasos, pero antes de desaparecer entre las sombras, volteó por última vez.
—Mi mamá siempre cumple las promesas que hago por ella.
Y se fue.
Sebastián se quedó inmóvil, con el corazón latiéndole de manera extraña. Ridícula esperanza. Curiosidad feroz. ¿Quién era esa mujer?
A sus veinticuatro años, Elisa Rosales había aprendido a caminar por el mundo con dignidad silenciosa. No era una belleza escandalosa, aunque tenía la piel clara, el cabello castaño oscuro y rasgos finos. Lo que llamaba la atención era otra cosa: la espalda recta incluso bajo el cansancio, la mirada directa, las manos precisas que cosían como si suturaran heridas.
La llamada de la hacienda la había sorprendido: “Se necesita costurera con urgencia. Pago generoso. Hospedaje incluido”. Elisa no era ingenua. “Generoso” casi siempre significaba “desesperado”. Pero necesitaba el dinero. Luz requería zapatos nuevos. El invierno venía duro. Y las deudas de la última enfermedad de su difunto esposo seguían persiguiéndola.
La Hacienda San Jerónimo imponía desde lejos. Paredes gruesas, corredores interminables, patios amplios, campanas antiguas y una tristeza vieja pegada a los muros. Apenas llegó, Elisa percibió el ambiente enrarecido: susurros que se cortaban al verla, sirvientes con miedo en la cara, miradas que decían demasiado y demasiado poco.
La administradora, doña Eulalia, una mujer seca de moño gris y voz afilada, la condujo a un cuarto pequeño.
—Su niña se queda aquí mientras usted trabaja. No debe andar por la hacienda.
Elisa apretó la mano de Luz.
—Mi hija sabe portarse bien.
—Más le vale.
Horas después, mientras arreglaba uniformes en el taller del segundo piso, Elisa escuchó los rumores completos. El dueño, don Sebastián Montiel, estaba preso abajo. Su primo Ramiro había llegado la noche anterior y ya se comportaba como patrón. Se hablaba de juicio, de papeles, de herencias… y de una posible sentencia arreglada.
Cuando Elisa regresó al cuarto, encontró a Luz despierta, sentada en la cama, con la expresión de quien guarda un secreto demasiado grande.
—Mamá… fui a ver al señor encerrado.
Elisa se quedó helada.
—¿Qué hiciste?
Luz soltó todo entre suspiros: que él estaba triste, que lo habían acusado sin razón, que nadie parecía querer ayudarlo… y que ella le había prometido que su mamá iba a salvarlo.
Elisa cerró los ojos. Aquello podía costarles el trabajo o algo peor. Pero cuando volvió a abrirlos y vio la mezcla de culpa y fe absoluta en el rostro de su hija, no pudo regañarla.
—¿Le prometiste eso?
Luz asintió.
Elisa respiró hondo. Luego una sonrisa mínima se dibujó en sus labios.
—Entonces tendré que cumplir.