Don Sebastián Montiel siempre había creído que las rejas eran para hombres sin apellido, sin historia y sin poder. Nunca imaginó que un día bajaría los escalones húmedos y oscuros de la cava subterránea de su propia hacienda, no como dueño, sino como prisionero.
La tormenta que había aislado la región durante dos días parecía una conspiración de la misma naturaleza. Los caminos de terracería se habían vuelto lodo puro, el río se había salido de su cauce y ningún carruaje podía cruzar hacia la antigua Hacienda San Jerónimo, en las montañas de Hidalgo. Sebastián estaba solo. Sin aliados. Sin salida.
La acusación era demasiado perfecta para ser casualidad: fraude hereditario. Documentos falsificados. Sellos alterados. Escrituras antiguas supuestamente manipuladas para quedarse con tierras que no le pertenecían. Tres días antes, hombres enviados por el magistrado regional habían llegado con una orden firmada y suficiente para encerrarlo mientras “se aclaraban los hechos”. No fue necesaria la violencia. El papel pesaba más que cualquier pistola.
Pero Sebastián sabía la verdad. Aquello no era justicia. Era tiempo comprado. Tiempo para que ciertas pruebas desaparecieran. Tiempo para que otras aparecieran. Tiempo para que se consumara el verdadero golpe.
Y él sabía quién estaba detrás: Ramiro Cárdenas, su primo lejano. Un hombre de sonrisa aceitosa, modales elegantes y ambición sin freno. Sebastián siempre había percibido su envidia, pero no la tomó en serio hasta que fue demasiado tarde.
La celda era un cuarto de piedra de tres por dos metros, con paredes húmedas, una cama de madera, una cobija áspera y el olor permanente de moho y encierro. La peor parte no era el frío, ni la comida aguada que le llevaban dos veces al día. Era el silencio. Ese silencio que agranda los errores, los remordimientos y las traiciones.
Sebastián apoyó la frente en los barrotes y cerró los ojos.
—Su merced…
Abrió los ojos de golpe.
Frente a él había una niña. No tendría más de seis años. Llevaba dos trenzas mal hechas, un vestido azul de algodón con remiendos en los codos y unos zapatos gastados que claramente habían sido de otra persona antes. En las manos sostenía un farolito de latón, y la luz dorada le agrandaba aún más los ojos: grandes, color miel, demasiado profundos para una criatura tan pequeña.
—¿Cómo entraste aquí? —preguntó Sebastián, más brusco de lo que quería—. ¿Dónde están los guardias?
La niña avanzó sin miedo.
—Uno fue por leña. Aproveché.
—¿Y viniste a hacer qué?
La pequeña se acercó a los barrotes y los tocó con una manita diminuta.
—A verlo.
—¿Por qué?
Los ojos de la niña se llenaron de lágrimas, pero no lloró.
—Porque usted está triste. Escuché a los sirvientes. Dijeron que lo encerraron injustamente… y que quizá nadie pudiera salvarlo.
Sebastián sintió algo apretarse dentro del pecho. Hacía mucho tiempo que nadie parecía preocuparse por él como hombre, no como patrón.
Se agachó para quedar a su altura.
—¿Cómo te llamas?
—Luz.
—Luz… ¿Eres hija de alguien que trabaja aquí?
—Mi mamá vino a coser uniformes. Llegamos ayer.
—¿Y tu mamá sabe que estás aquí?
Luz bajó la mirada.
—No.
Sebastián estuvo a punto de reprenderla, pero la niña alzó el rostro con tal firmeza que lo dejó callado.
—Yo ya sé cómo termina la historia —dijo.
Sebastián arqueó una ceja.
—¿Ah, sí?
—Sí. Mi mamá me cuenta cuentos antes de dormir. De caballeros presos, de gente buena acusada de cosas malas, de hombres tristes que creen que nadie vendrá por ellos. Y al final siempre pasa lo mismo.
—¿Qué pasa?