—Registra a las dos —ordenó Ramiro.
—¿A quién exactamente van a registrar?
La voz hizo que todos giraran.
Al fondo del pasillo estaba doña Catalina Rosales.
Elisa palideció.
—¿Mamá?
Luz sonrió de oreja a oreja.
Catalina no era una mujer cualquiera. Había sido escribana mayor del tribunal de Pachuca y asesora jurídica de varios hacendados poderosos. Viuda desde joven, se había ganado una reputación feroz por no doblarse ante nadie. Elisa llevaba años distanciada de ella por viejas heridas y orgullos que nunca terminaron de sanar. No sabía siquiera que Luz le había escrito una carta a escondidas con ayuda del mozo, contándole que “mamá estaba haciendo algo peligroso y valiente”.
Catalina avanzó sin prisa, envuelta en un rebozo oscuro, con la autoridad en la mirada.
—Me gustaría saber por qué un hombre “honorable” pretende registrar a una mujer y a una niña en un pasillo.
Ramiro soltó el brazo de Elisa.
—Señora, esto no le concierne.
—Se equivoca. Todo lo relacionado con un juicio amañado me concierne.
A los pocos minutos, el magistrado estaba en el salón principal. Sebastián fue llevado encadenado para la audiencia improvisada. Ramiro presentó su caso con testigos comprados y papeles falsos. Todo parecía tan bien montado que por un momento Elisa sintió verdadero miedo.
Entonces Catalina pidió la palabra.
—Antes de seguir escuchando mentiras, creo que conviene revisar esto.
Luz, orgullosa, le entregó a su abuela el paquete escondido. Catalina lo puso en manos del magistrado: escrituras originales, sellos intactos, cartas fechadas, firmas legítimas.
Ramiro intentó protestar, pero ya estaba perdido.
—¿Cómo sabía usted que esos documentos existían? —preguntó el magistrado con frialdad cuando Ramiro cometió el error de decir que se los habían robado.
El silencio lo hundió.
Luego hablaron los sirvientes. Uno tras otro. Sobre cómo Ramiro entraba al despacho de Sebastián, sobre las llaves, sobre sus amenazas, sobre el carácter justo del verdadero dueño.
El magistrado terminó de revisar las pruebas y se puso de pie.
—Don Sebastián Montiel queda libre de toda acusación. En cuanto a Ramiro Cárdenas, queda detenido por falsificación, intento de despojo y conspiración.
Las cadenas de Sebastián cayeron al piso con un sonido que pareció partir la hacienda en dos.
Lo primero que hizo al quedar libre fue mirar a Elisa.
Lo segundo, caminar hacia ella.
—Usted cumplió la promesa —dijo en voz baja.
Elisa sonrió, cansada y temblorosa al fin.
—Le dije que solo cumplo las que valen la pena.
Luz tiró de la manga de Sebastián.
—¿Vio? Mi mamá sí salva gente.
Sebastián soltó una risa profunda, la primera auténtica en muchos días. Se agachó y tomó a la niña en brazos.
—Sí, pequeña. Tu mamá salva.