Esa misma noche, Santiago llevó a Ximena y a los niños al ala real.
Durante tres semanas, la hacienda conoció una paz que nadie recordaba. Mateo y León dejaron de romper puertas y de morder manos; empezaron a reír, a correr por los corredores, a quedarse dormidos sobre el regazo de Ximena mientras ella les leía cuentos. Santiago también cambió. Las sombras bajo sus ojos se borraron. Se le veía menos rey de guerra y más hombre. Le llevaba libros viejos a Ximena, cenaba con ella y con los niños, y jamás la tocaba sin pedir permiso con la mirada.
La corte entera lo notó.
El rey alfa estaba cortejando a la antigua muchacha de limpieza.
Pero la podredumbre no había terminado.
Doña Beatriz, leal a la familia de Constanza, sabía que el juicio se acercaba y que, si Ximena seguía ganándose el cariño de todos, ya no habría forma de destruirla. Así que decidió actuar durante la Fiesta de la Luna Azul, cuando Santiago debía hablar ante toda la manada en el patio principal.
Aquella noche, mientras Ximena preparaba a los niños para dormir, doña Beatriz entró a la cocina con una llave maestra. Sacó de entre sus ropas un pequeño frasco y dejó caer tres gotas de acónito líquido en la leche tibia de los gemelos.
No tenía olor.
No tenía color.
Cuando Santiago regresó de su discurso, oyó el grito antes de cruzar la puerta del ala infantil.
Ximena estaba en el piso, desesperada, mientras Mateo y León se retorcían entre espasmos. Las venas negras les subían por el cuello. Espuma oscura les manchaba los labios.
—¡Doctor Arturo! —gritaba ella—. ¡Por favor, por favor!
El médico llegó corriendo, examinó a los niños… y se puso blanco.
—Acónito —dijo con horror—. Es demasiado. Sus cuerpos no lo van a resistir.
Doña Beatriz apareció llorando a gritos, señalando a Ximena.
—¡Fue ella! ¡Encontré este frasco bajo su almohada!
Arrojó un vial vacío al suelo. Gael, que estaba de guardia, frunció la boca con amarga certeza.
—Siempre supe que no se podía confiar—
Santiago lo fulminó con la mirada, pero Ximena ya no escuchaba a nadie.
Miraba a los niños.
A sus niños.
A esos dos pequeños que le habían devuelto el alma cuando ella creía no tener nada dentro.
Entonces se incorporó lentamente.
—Quítense —ordenó.
No habló fuerte, pero el poder en su voz hizo retroceder a todos.
Ximena se arrodilló entre Mateo y León y puso una mano sobre cada pecho. Cerró los ojos. Recordó la nana. Recordó el abrazo. Recordó la primera vez que la llamaron con esa necesidad ciega que solo tienen los niños que buscan refugio.
Las omegas de sangre pura, decía su abuela, podían hacer una sola cosa que las volvía casi sagradas y casi malditas: absorber el daño ajeno en su propio cuerpo.
—¡Ximena, no! —gritó el doctor—. ¡El veneno va a pasarte a ti!
—Entonces que venga —susurró ella.
La luz brotó de sus manos.