Poco a poco, las garras se retrajeron.
Los jadeos se hicieron respiraciones.
El temblor se volvió sueño.
Por primera vez en cuatro años, los herederos del rey alfa se quedaron profundamente dormidos.
Ximena lloró en silencio, abrazándolos en la oscuridad.
No supo cuánto tiempo pasó hasta que oyó pasos corriendo, órdenes secas, armas desenfundadas. La puerta destrozada del cuarto se abrió de golpe.
—¡Registren el bosque! —tronó la voz de Santiago—. Si salieron medio transformados no sobrevivirán al fr—
Se detuvo.
El aroma de Ximena lo golpeó como una ola.
Siguió el rastro hasta el vestidor abierto y allí la vio: una sirvienta de uniforme gastado, sentada en el suelo, con sus dos hijos dormidos encima, aferrados a su delantal como si ella fuera la única cosa segura del mundo.
Santiago cayó de rodillas.
No fue una metáfora. Cayó de verdad, como si algo dentro de él hubiera cedido al fin.
—¿Quién… eres? —preguntó con la voz rota.
Ximena levantó la mirada, aterrada.
—Ximena Robles, mi Alfa. Del turno de limpieza.
Antes de que Santiago pudiera responder, una exclamación venenosa cortó el silencio.
—¡Ella!
Constanza apareció en el umbral, con el brazo aún vendado y el odio brillándole en la cara.
—¡Está usando brujería! ¡Aparten a esa omega de los herederos!
Los guardias dieron un paso al frente, pero Santiago se puso de pie de golpe. La autoridad alfa salió de él como un trueno.
—¡Nadie la toca!
La orden hizo temblar ventanas y dobló rodillas. Todos, excepto Ximena y los niños dormidos, bajaron la cabeza.
En ese instante llegó Gael Montaño, atraído por el rugido del rey. Apenas cruzó la puerta, el aroma verdadero de Ximena lo alcanzó. Se quedó pálido. Su lobo entendió de inmediato lo que él había destruido tres años antes.
—Ximena… —susurró—. Tú… eras…
Santiago giró hacia él con una furia glacial.
—Da un paso más hacia ella —dijo— y te arranco las piernas.
Gael retrocedió.
El rey miró a Constanza, luego a Ximena, y algo encajó en su mente con precisión de guerra: el informe médico, la humillación pública, la presencia insistente de Constanza en todo aquello.
—Julián —ordenó a su beta—. Encierra a Constanza. Quiero revisar sus cuentas, sus mensajes y cada documento médico que haya entrado a esta casa en los últimos cinco años. Si encuentro una sola falsificación contra Ximena Robles, la destierro antes del amanecer.
Constanza gritó. Nadie la defendió.