Nadie podía calmar a los gemelos del Rey Alfa, hasta que la criada a la que todos rechazaban lo consiguió…
La omega que calmó a los herederos del rey
Los gritos que salían del ala poniente de la Hacienda Loma Obsidiana no parecían humanos. Eran alaridos ásperos, feroces, cargados de un dolor animal que hacía temblar los vitrales oscuros y helaba la sangre hasta de los guardias más bravos de la manada. Una silla de mezquite se estrelló contra la puerta del cuarto infantil, y del otro lado respondió un rugido corto, imposible, salido de la garganta de un niño de apenas cuatro años.
En el corredor, el Rey Alfa Santiago de la Cruz permanecía inmóvil, con las manos cerradas en puños tan duros como piedra volcánica. Medía casi dos metros, tenía la espalda llena de cicatrices y unos ojos color vino que en otros tiempos imponían obediencia al instante. Pero esa noche, como tantas en los últimos cuatro años, no parecía un rey. Parecía un hombre derrotado.
—Es la sexta niñera este mes, mi Alfa —murmuró el doctor Arturo Salvatierra, mientras vendaba el brazo de Constanza Urrutia, una beta de familia noble que había asegurado poder “dominar” a los cachorros reales.
Constanza, despeinada y con el vestido hecho jirones, temblaba de rabia y humillación.
—¡No son niños! —chilló—. ¡Son bestias! El de ojos claros casi me arranca el cuello, Santiago. ¡Esos gemelos están malditos!
Los ojos del rey centellearon como brasas.
—Vuelve a hablar así de mis hijos —dijo con una calma terrible— y te sacaré de mi territorio dentro de una caja.
El silencio cayó de golpe. Hasta el aire pareció encogerse.
Desde que Reina Daniela murió al dar a luz a los gemelos, Mateo y León, los niños habían crecido sin el equilibrio que daba una madre destinada. Y la sangre alfa que corría en sus venas se estaba despertando demasiado pronto. El doctor lo llamaba síndrome de muda prematura: un intento violento del lobo interior por romper un cuerpo que todavía no estaba listo. Por eso mordían, rugían, rompían muebles, atacaban a cualquiera que se acercara demasiado. Todos intentaban corregirlos con disciplina, fuerza, encierro. Todos fracasaban.
Abajo, lejos del mármol negro y de los candelabros del ala real, Ximena Robles fregaba el piso de la cocina industrial de rodillas, hasta que sus nudillos quedaron rojos.
Era una omega. Y en Loma Obsidiana, eso significaba estar abajo de todos.
Pero esa no era su herida más profunda.
Tres años atrás, Gael Montaño, jefe de rastreadores de la manada, la había rechazado en público como pareja destinada después de leer un informe médico que aseguraba que Ximena era estéril, débil y “genéticamente defectuosa”. El rumor lo había sembrado Constanza, que quería casar a Gael con su propia hermana. Desde entonces, a Ximena le quitaron la dignidad poco a poco: la mandaron al turno nocturno, la escondieron entre los sirvientes, la convirtieron en un fantasma.
—¡Muévete, floja! —le ladró doña Beatriz, la jefa del servicio, pateando su cubeta de agua jabonosa—. El cuarto de los niños del rey quedó hecho un infierno. Ve a limpiar la sangre y los destrozos. Y ni se te ocurra robar nada, ¿eh?
Ximena bajó la cabeza.