No era fuego. Era algo blanco, tibio, feroz. Un resplandor que hizo vibrar lámparas, cuadros, espejos. Las venas negras empezaron a salir del cuerpo de los gemelos y a trepar por los brazos de Ximena. El dolor la atravesó como hierro líquido. Sintió que el corazón se le partía en dos, que la garganta se le cerraba, que la sangre se le volvía hielo.
Pero no soltó a los niños.
Mateo abrió los ojos primero.
León tosió después.
Ambos respiraron.
Estaban vivos.
Ximena sonrió apenas, exhausta, y cayó hacia un lado.
—¡No! —rugió Santiago.
La sostuvo antes de que tocara el suelo. Las venas negras ya subían por el cuello de ella. Doña Beatriz intentó huir, pero Julián entró en ese momento con una tableta en la mano.
—La cocina quedó grabada —dijo—. Fue ella. Todo está en video. Y Constanza dio la orden desde la celda.
Santiago no miró a las culpables.
Solo apretó a Ximena contra su pecho.
—Destierren a Beatriz y a Constanza esta misma noche —dijo con una voz tan fría que dio más miedo que un grito—. Y Gael Montaño queda despojado de su rango. Si sigue en mis tierras al salir el sol, lo cazaré yo mismo.
Gael bajó la cabeza, destruido. Nadie lo lamentó.
Santiago se mordió la muñeca hasta abrirla. La sangre real cayó roja y luminosa. Con manos temblorosas, la llevó a los labios de Ximena.
—Vuelve conmigo —rogó—. No te encontré para perderte.
Durante un segundo terrible, no pasó nada.
Luego, Ximena inhaló.
Una sola respiración, débil, pero suficiente.
Las venas negras comenzaron a retroceder. El aroma de lavanda, suave pero vivo, llenó otra vez la habitación.
Ximena abrió los ojos.
Lo primero que preguntó, casi sin voz, fue:
—¿Los niños?
Mateo y León se lanzaron sobre ella llorando.
—Estamos aquí —dijo Mateo.
—No te vayas —sollozó León.
Santiago cerró los ojos, vencido por el alivio. Cuando volvió a mirarla, ya no había duda en él, solo verdad.
—Esta casa te debe la vida —dijo—. Pero yo te debo mucho más que eso. Te debo a mis hijos. Mi paz. Mi futuro. Y, si tú me lo permites… mi corazón entero.
Ximena lo miró largo rato. Vio al rey temible, sí, pero también al padre agotado, al viudo herido, al hombre que la había elegido no cuando brillaba, sino cuando todavía llevaba las manos ásperas por tanto limpiar dolor ajeno.
Levantó una mano temblorosa y la posó sobre su mejilla.
—Entonces no me sueltes nunca —susurró.
Santiago la besó con la delicadeza de quien toca algo sagrado. Afuera, la Luna Azul cruzó una nube y derramó su luz sobre los vitrales negros de Loma Obsidiana.
Meses después, ante toda la manada, Ximena Robles fue presentada no como sirvienta, no como rechazada, no como sombra, sino como Reina de Loma Obsidiana. Mateo y León corrían a su alrededor riendo, sanos al fin, mientras Santiago la miraba como si el mundo hubiera empezado de nuevo.
Y por primera vez en muchos años, Ximena supo exactamente lo que era estar en casa.